La Semana de Román Revueltas Retes

¿Por qué no inundan "toda" CDMX?

Román Revueltas Retes

Los lugares de la geografía terrestre tienen una “vocación”, según parece. Por ejemplo, vas en el coche cruzando una zona árida y escuchas de pronto una voz que te dice “yo quiero ser un desierto, siempre lo he querido, desde la creación misma de este planeta”. Es que esa comarca se está expresando en ese mismísimo momento y que está poniendo también sus condiciones, sí señor: arenal yermo y sanseacabó, nada de construir allí canales de riego ni de sembrar árboles frutales ni de transformar el paisaje como hacen en Israel; el desierto quiere seguir siendo desierto. Punto. Es su vocación, vamos, algo que lleva en la sangre y que adquiere por ello mismo una condición de inviolabilidad.

Otros territorios quieren ser bosques y muchos más se emperran en ser montañas, llanuras, selvas tropicales, tundras septentrionales (o meridionales, según el caso) y hay hasta suelos que han deseado estar bajo el agua desde la noche de los tiempos y que son, pues sí, mares, océanos, lagos y marismas.

El problema es que el hombre —la especie humana, o sea— tiene también sus ideas y sus gustos y sus preferencias y sus caprichos y sus pretensiones. De tal manera, llega a un lugar, se planta por sus fueros, se instala a soberanamente y el tema de la vocación primigenia del espacio le importa un bledo: así, millones de hectáreas han sido forzadas a perder su natural disposición a lo largo y ancho del planeta y se han trasmutado en otra cosa: la floresta se ha vuelto pedregal, el río de prístinas aguas se ha convertido en zanja pestilente, la playa se ha poblado de bloques de edificios, en fin, la intervención de los seres humanos en este planeta no sólo ha trasformado fatal e irreversiblemente a continentes enteros sino que amenaza con llevarnos a todos los seres vivos a la extinción por las consecuencias de parecida depredación en el medio ambiente —particularmente en lo que se refiere al calentamiento de la atmósfera—, por no hablar del agotamiento de las materias primas, de la desaparición, ya ocurrida, de miles y miles de especies, de la brutal contaminación de los mares y de lo amenazante que resulta la propia sobrepoblación humana.

En lo que toca a nuestro país, es un auténtico desastre ecológico y pareciera que no advertimos siquiera la magnitud del fenómeno: seguimos tirando millones de toneladas de basura, arrojando sustancias tóxicas a los ríos y lagos, deforestando regiones enteras, en fin. Y el territorio que exhibe más palmariamente el descomunal deterioro ambiental es, tal vez, la mismísima capital de la República: la antigua “región más transparente del aire” se ha vuelto una megalópolis infernal que, encima, afronta ominosos peligros, desde el masivo desbordamiento de aguas negras al proseguir el imparable hundimiento de las calles hasta el acaecimiento de un catastrófico terremoto, pasando por la parálisis pura y simple del tráfico —algo que terminará por ocurrir en un futuro no demasiado lejano— o el desabastecimiento total de agua potable.

Tiene una falla de origen, desde luego, la gran urbe: fue erigida por sus fundadores en… un lago. Tal era, pues sí, la vocación original de la zona. Y, como no se volvió precisamente una ciudad lacustre sino que sus pobladores deseaban vivir en tierra firme como propietarios con plenas atribuciones, durante siglos enteros tuvo lugar una progresiva y programada desaparición de los antiguos lagos. Fueron desecados, o sea, y los ríos y canales se extinguieron también. Apenas queda Xochimilco por ahí, con sus chinampas y sus chalupas. Todo lo demás es cemento, polvo y terregales, fuera del mentado bosque de Chapultepec y de todas esas tantas calles que, por fortuna, lucen arboladas gracias a los constantes esfuerzos, hay que decirlo, de los vecinos y las autoridades.

No tengo memoria de haber vislumbrado, en la zona de Texcoco, otra cosa que el lago artificial que proyectó Nabor Carrillo Flores —lleva precisamente su nombre— y que, en estos mismos momentos, parece estar perdiendo buena parte de su superficie porque ya no es el gran rectángulo de esquinas redondeadas que alcanzaba uno a contemplar debajo al despegar en avión desde el aeropuerto (¿hay el oscuro propósito de que desaparezca? ¿Se están acaso llevando a cabo labores de desecamiento?). Y hay también hectáreas enteras de marismas en toda esa zona. Pero, con perdón, en los terrenos salitrosos donde se estaba construyendo el gran aeropuerto internacional no había lago alguno en tiempos recientes, salvo ese llamado caracol en las inmediaciones de Ecatepec que ya tampoco tiene agua.

Pues, miren ustedes, Gerardo Ferrando, el director del ente aeroportuario de Ciudad de México, nos avisa que una obra que ya ha costado miles de millones de pesos se va a inundar porque “eso era un lago y se le cambió su vocación”. ¿Cuándo había allí un lago, señor Ferrando? ¿En tiempos de los aztecas, durante la Conquista, bajo el Virreinato? “Hoy rescatamos esa vocación”, apostilla don Gerardo. Pues, ¿por qué no inundan ya de una vez toda la ciudad?

revueltas@mac.com

OPINIONES MÁS VISTAS