Columna de Romeo Ricardo Flores Caballero

Elitismo vs populismo

Romeo Ricardo Flores Caballero

El presidente Peña Nieto está a la defensiva. Después de tres años de gobierno, las cuentas no le salen. Sus asesores políticos fallan al explicar las causas del aumento de la desigualdad que conduce al pesimismo, la frustración, la desconfianza, al desencanto, la falta de credibilidad y al malestar social. Oculta, soslaya o pretende olvidar la corrupción, la inseguridad y la impunidad. Desde su silla elitista el mandatario simplifica la respuesta. Señala al populismo como la causa de los males.

Acostumbrado a errar deliberadamente en sus predicciones económicas, ahora aventura un mensaje político sobre el enemigo a vencer: el populismo. Una "doctrina" que "erosiona la confianza de la población, alienta su insatisfacción y fomenta el odio en contra de instituciones y comunidades enteras". Una doctrina donde se "impone la intolerancia y la demagogia". El mensaje es claro. Un buen número de analistas y expertos en asuntos políticos identifican a Andrés Manuel López Obrador como su destinatario. El Presidente lo niega.

Da la casualidad que los populistas son la gran mayoría de los mexicanos: agricultores, obreros, trabajadores, empleados, campesinos, pequeños propietarios, funcionarios públicos, médicos, abogados, ingenieros, maestros, comerciantes y quienes no participan en las decisiones de gobierno reservadas para la clase dominante. Los elitistas, por su parte son los aristócratas, la oligarquía o como se les quiera llamar a los banqueros, grandes empresarios, directores de corporaciones, dueños de las grandes empresas de comunicación, monopolistas y los grupos enriquecidos "de los gobiernos revolucionarios" consecuentes a la privatización neoliberal de 1982.

A los primeros los identifica sus ideas progresistas, la defensa del nacionalismo, la soberanía, la independencia, la existencia de un Estado y gobierno fuerte, la promoción del mercado interno, el aumento de los salarios, la libertad, la democracia, el derecho a la educación, la salud, el aumento del poder adquisitivo de los trabajadores, el combate a la desigualdad, una equitativa distribución del ingreso y defienden la "justicia social".

Los segundos favorecen la globalización, el adelgazamiento del Estado o su desaparición, desean diseñar e instrumentar las políticas públicas, son fanáticos de las reglas de mercado, o eso dicen, son socios del gobierno y ubican su mente en Capitol Hill. Respaldan un intercambio comercial sin fronteras, aceptan las reglas del Consenso de Washington y se disciplinan a los dictados del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial (BM), apoyan los planes Puebla-Panamá y Mérida, buscan la protección del gobierno de Estados Unidos y aceptan los servicios de inteligencia de nuestros vecinos como la DEA y el FBI y se oponen al aumento de salarios, la educación laica, pública y gratuita, el acceso a la salud y respaldan el "bien común".

Por ello, no es extraño que el Presidente, como representante de la clase dominante, se sienta amenazado por el populismo. Se equivoca. El populismo lejos de ser demagógico e intolerante, recoge las aspiraciones de la mayoría de los mexicanos que él y su equipo de gobierno debieran resolver. Son los conservadores y sus intelectuales orgánicos quienes pretenden deformar su verdadero significado. Al no encontrar una definición en el diccionario de la Real Academia de la Lengua (RAE) inventan la existencia de un populismo de izquierda y otro de derecha. Pretenden fundir en un solo crisol a Hitler, Roosevelt, Castro, Allende, Perón, Cárdenas, Chávez, Mandela, Hidalgo, Echeverría, Villa, Zapata, Fox, Morales, López Obrador o El Bronco y los candidatos independientes. Aunque podían tomar en serio la democracia de Dinamarca o los principios que defiende el papa Francisco. Los populistas no inventaron la desconfianza, la incredulidad, el regalo de 10 millones de hectáreas a compañías mineras, la venta de los bancos, la pobreza, la miseria, la impunidad, el despotismo, el autoritarismo, ni el crony capitalism, este capitalismo de cuates o de amiguetes, como lo califican los españoles.

Por el contrario, como dice Jacqueline Peschard, el populismo puede ser una alternativa viable para resolver los problemas nacionales. Y, por lo tanto, no puede exorcizarse con un simple discurso presidencial. El argumento populista se opone tanto a la oligarquía, la aristocracia o a la plutocracia como a los partidos políticos y a los gobiernos que la representan.

En síntesis, los populistas se fortalecerán en la medida que aumente la brecha entre los que más tienen y las grandes mayorías que luchan por sobrevivir con un salario mínimo que no supera los 70 pesos diarios, o dos de 140 pesos diarios o tres de 210. Por ello, resulta inaceptable que los tecnócratas del gobierno, reformadores estructurales de la nueva Constitución, impongan a los trabajadores mexicanos la responsabilidad de hacerse cargo de la salud, la educación de su familia y su propia jubilación como si fuera un trabajador estadounidense cuyos ingresos oscilan entre 15 o 20, o más, dólares por hora.

El populismo reacciona frente al hartazgo de los malos gobiernos federal, estatal y municipal. Florece ante el enriquecimiento ilícito de la mayoría de los gobernadores y los abusos de los funcionarios públicos. El triunfo de los candidatos independientes surgidos del populismo es un ejemplo claro de la espontaneidad de los movimientos populares. Por lo tanto, el gobierno lejos de condenarlos debe poner su casa en orden y responder a su lucha democrática y a la igualdad social y económica a la que aspira. Ni más ni menos. ¿No cree usted?

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