Columna de Romeo Ricardo Flores Caballero

La simulación

Romeo Ricardo Flores Caballero

El 8 de junio de 2015 se anunció el triunfo de Jaime Rodríguez Calderón, candidato independiente a la gubernatura, con 48.86% de los votos, de acuerdo con el Sipre. De inmediato recibiría las felicitaciones del presidente Peña Nieto, del ex gobernador Medina de la Cruz, de los organismos empresariales y de los candidatos derrotados.

Sin embargo, dentro y fuera de Nuevo León muchos se preguntaban cómo era posible que el estado cuya capital es el centro industrial y financiero del país, el centro cultural más importante del noreste, el estado donde nació don Alfonso Reyes, que tiene más de 20 universidades y donde se forjaron empresarios de la dimensión de los hermanos Eugenio y Roberto Garza Sada, y de don Carlos Prieto, quienes sembraron fibra, educación, recreación y cultura en Fundidora de Monterrey; cómo era posible que en la tierra de José Calderón, Francisco G. Sada, Eugenio Clariond, Carlos Maldonado, Manuel Barragán, Roberto González Barrera, Gregorio Martínez, Felipe de Jesús Benavides, entre muchos otros, el estado sede de corporaciones internacionales, cuyos jóvenes pertenecen al jet set, y donde el pueblo tiene un promedio de escolaridad superior al resto del país, haya votado por un ciudadano cuya vida cultural se circunscribe a la lectura del Libro Vaquero.

¿Será acaso que los herederos de los grandes empresarios han olvidado cumplir con su responsabilidad social y prefirieron apoyar y financiar a un cimarrón arisco, con una militancia priista de tres décadas, con una reputación cuestionable y con limitada experiencia administrativa?

Aquel día en la Explanada lo esperaban manifestantes eufóricos. Celebraban su triunfo con porras, gritos, banderas, pancartas, vítores, banderas, caravanas de vehículos. Predominaban las expresiones de solidaridad, sin faltar las mentadas contra Medina de la Cruz.

“El próximo gobierno”, dijo entonces el candidato ganador, “no gastará ni un solo peso para enaltecer la soberbia e idolatría del gobernante en turno”. En el templete, radiante, adelantó que él se dedicaría a hacer la grilla y que “don Fernando” se encargaría de la administración del Estado. “¡Vamos a fumigar el Palacio!”, gritaba. “México ya despertó y Nuevo León es el ejemplo del despertar ciudadano”.

El sábado 3 de octubre, día de la toma de posesión, fue todo un acontecimiento, no tanto porque El Bronco haya roto el protocolo, como encabezaban algunos titulares, sino porque trivializó el lenguaje. Aunque, visto desde otra manera, su discurso fue claro y franco.

Jaime Rodríguez Calderón cumplió con acudir puntual al Congreso, como exige la ley, aunque no pudo consumar el ritual de recibir las llaves simbólicas del gobierno. El ex gobernador Rodrigo Medina, ofendido por el tono del discurso de toma de protesta del nuevo mandatario, hizo mutis. Antes, con la presencia del secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, representante del presidente Enrique Peña Nieto, el ex gobernador escuchó: “Hemos encontrado la casa sucia, las columnas derruidas, fugas por todas partes y, para acabarla de fregar, hipotecadas”.

Muy pronto los nuevoleoneses descubrieron las limitaciones de su nuevo gobernador. A las promesas incumplidas se sumó la corrupción, el nepotismo, el ausentismo, las promociones de su posible candidatura presidencial, un gobierno en crisis y un enfermizo deseo de competir para la Presidencia de la República con apoyo del erario estatal. El Bronco en el gobierno decepcionó a sus seguidores. La sociedad se encontró en un callejón sin salida. Elizondo, el ex gobernador y ex secretario de Finanzas del estado, que pudo resolver la crisis financiera y administrativa, fue incapaz de controlar las instituciones y enderezar el barco que flota a la deriva. Simplemente, se sumó al desorden. Los 18 meses que aguantó Elizondo a la administración, y al Bronco, fueron suficientes para que descubriera el rechazo de la población hacia el mandatario y la importancia de su familia.

Para quienes soñaron, “el gobierno ciudadano” nunca llegó. Da pena decirlo, pero Elizondo fue parte fundamental del fracaso del gobierno. El “dúo dinámico” simplemente no funcionó.


Extractos del capítulo sobre el gobierno de Jaime Rodríguez Calderón, del libro Los gobernadores de Nuevo León, del Reinado al Estado (1597-2017) próximo a aparecer en las ediciones de la UANL. Segunda parte.

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