Columna de Sara S. Pozos Bravo

Discriminación e intolerancia religiosas

Sara S. Pozos Bravo

La discriminación e intolerancia por motivos religiosos persisten en nuestro país. Se imponen –o tratan de imponer- en un México que vive informado de verdades a medias, de medios que viven del amarillismo, de líderes de opinión que carecen de argumentos y optan por la mofa o la burla del otro.

La discriminación y la intolerancia tienen su origen en la ignorancia de las cosas y en el prejuicio de las personas. Por discriminación entiendo todo acto o intento de acto por limitar el acceso a los derechos del ser humano. Por otro lado, la intolerancia es la actitud negativa que soslaya derechos y permite una falsa supremacía humana. Así, el intolerante, considera que “el otro” no tiene derecho a cualquier acto so pretexto de su religión o, al menos, no tiene los mismos derechos. Las dos causas de estos lastres sociales: la ignorancia y el prejuicio, es lo que debemos atacar si queremos una sociedad más justa y con acceso a todos los derechos. Entonces, si se ignora es porque se tiene miedo o porque no se quiere conocer del tema. La ignorancia se resuelve con más cultura, más educación y más información verídica, con más medios de comunicación que hagan su trabajo de investigación en campo y no en Internet, y con más líderes de opinión con un mínimo de valores éticos. Pero el prejuicio es un problema mayor.

De la discriminación al prejuicio hay un abismo mucho más lamentable y peligroso porque casi siempre es alimentado de miedos y mentiras, de falsos rumores y dichos de terceros. El que prejuicia, agrede, calumnia, tergiversa. Le teme al otro, al diferente, al que está o pertenece a un grupo minoritario. Al que cree en un Dios distinto, sea cual fuere éste. O al que no cree en ningún dios. Le teme también al que ya no más está en las mayorías hegemónicas. El prejuicioso ningunea los derechos del diferente. Inventa cualquier cosa para asegurarse audiencia y pervierte la ética y la información al prostituirse al mejor postor. Carece, por lo tanto, de una base mínima que garantice la objetividad, la imparcialidad y la autenticidad en la información. Y eso es peligroso, realmente peligroso.

En los considerandos de la Declaración sobre la Eliminación de toda las Formas de Intolerancia y Discriminación fundadas en la Religión o las Convicciones de Naciones Unidas, allá por 1981, se escribió: “Considerando que el desprecio y la violación de los derechos humanos y las libertades fundamentales, en particular el derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia, de religión o de cualesquiera convicciones, han causado directa o indirectamente guerras y grandes sufrimientos a la humanidad […] Preocupada por las manifestaciones de intolerancia y por la existencia de discriminación en las esferas de la religión o las convicciones que aún se advierten en algunos lugares del mundo”.

Y después de 38 años de haberse aprobada la Declaración antes citada, muchos mexicanos siguen creyendo que “el otro” no tiene derechos y, por lo tanto, debe ser señalado por todos.

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