Columna de Sara S. Pozos Bravo

¿Quiénes son los de La Luz del Mundo?

Sara S. Pozos Bravo

Somos seres humanos con los mismos derechos que el resto de las personas. Ni más derechos pero tampoco menos. Ni ciudadanos de segunda y menos de tercera categoría: ciudadanos como cualquier mexicano. La diferencia con respecto a la mayoría religiosa de este país es que la fe de La Luz del Mundo –nuestra fe- alimenta nuestras decisiones; es decir, que aquello que decimos y lo que hacemos está basado en lo creemos. Hemos aprendido del apóstol de Jesucristo, hermano Naasón Joaquín los valores más altos del cristianismo: la honestidad, la hermandad, la unidad familiar, el amor al prójimo, el respeto a los derechos humanos, el respeto irrestricto a la mujer y a los niños, el amar a Dios por sobre todas las cosas así como amar a Jesucristo.

Nuestra fe nos ofrece –como seres humanos- un marco normativo para orientar nuestras vidas. Pero este marco no es impositivo y, al mismo tiempo, nos obliga a ser racionales. Así, el apóstol de Jesucristo nos ha enseñado a ser honestos y a ser más productivos. En función de este par de principios, los creyentes tratamos de ser eso: honestos y productivos; no serlo se convierte en un tema de autoexamen o examen interior entre Dios y cada creyente. No hay sanciones ni condenas. En todo caso, es un tema de conciencia y esto se encuentra en el derecho a la intimidad de toda persona.

Ahora bien, quizá lo que es más difícil de entender para aquellos que no nos conocen, es la forma en cómo adoramos a Dios en nuestros templos. Dicho sea de paso, únicamente adoramos a Dios por excelencia y a Jesucristo por mandamiento. Bien. Entonces ¿por qué lloramos cuando vamos al templo? Porque hemos entendido que Dios tiene un plan para la humanidad y que nosotros formamos parte de él. Aquí usamos toda nuestra capacidad humana para razonar, para analizar, para discernir, para examinar y, al hacerlo, nos damos cuenta que el Creador ha sido más que bueno con nosotros. Entonces, nuestra capacidad humana se hace a un lado para dar lugar al alma. Y es entonces cuando lloramos. ¿Pueden ver el ejercicio de la razón sobre la fe? Eso es lo que nos enseñan en La Luz del Mundo.

Algunas personas mal intencionados o faltas del más mínimo respeto, creen y afirman que somos gente sin estudios académicos, manipulables, enajenados. Permítanme decirles que nada más falso que eso. A diferencia de la media nacional (en México es de 8.5 años), los años escolares para el creyente de La Luz del Mundo es de 12 años. En promedio, los creyentes de la Iglesia terminan el bachillerato o preparatoria. En la Iglesia, la mujer se supera más que el hombre y ella alcanza en promedio 13.5 años escolares; es decir, preparatoria trunca. A la par, constantemente, tenemos capacitaciones en derechos humanos, no discriminación, temas de laicidad, estudios históricos, igualdad de género, entre muchos otros temas. Finalmente, en La Luz del Mundo vivimos un ejercicio cotidiano de raciocinio y fe. Un diálogo permanente entre nuestras creencias y nuestra razón, entre el deber ser y el ser. Y siempre, actuamos en consecuencia.

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