Entresijos del Derecho

La 4T y el derecho (II/II)

Sergio López Ayllón

En nuestra última entrega argumentamos que el constitucionalismo moderno, como fenómeno global, avanzó en la construcción y defensa de las libertades fundamentales y los derechos políticos, pero quedó a deber, sobre todo, en materia de derechos sociales (http://bit.ly/4TDerecho).

Su arquitectura jurídica e institucional —en particular la creación de los tribunales constitucionales— ha contribuido a contener los excesos del poder y profundizar en la comprensión de los derechos. Incluso ha sido capaz de detener las tendencias que, desde algunas mayorías parlamentarias, buscaban retroceder en algunas dimensiones controvertidas (tales como el aborto, la igualdad de género o la libertad de expresión).

La historia ha sido diferente en materia de derechos sociales (entre otros, salud, trabajo, educación). Aunque en todo el mundo hay numerosos ejemplos de judicialización de esos derechos, sus mecanismos de garantía han sido poco idóneos para darles contenido y eficacia, más allá de ciertos casos concretos. Aquí enfrentamos una falla estructural. Y esos derechos, que prometían una vida mejor, han resultado meras quimeras. Aún más grave, las condiciones de desigualdad se han profundizado.

Vivimos así una transformación muy profunda de los parámetros en los que se construyó el Estado social democrático de derecho a escala global. Así, ha sido el ejercicio pleno de los derechos políticos y los procedimientos democráticos los que han permitido que, en muchas partes del mundo, el desencanto se manifieste. Observamos así el acceso al poder de personajes y visiones que prometen un nuevo orden, que está legitimado no en los derechos, sino en la justicia material y la voluntad popular.

La legitimidad racional —y aún revolucionaria— de las constituciones y del orden liberal se sustituye paulatinamente por otra que se construye con base en el carisma de los líderes que invocan directamente al “pueblo” para romper con el viejo orden y crear uno nuevo (pensemos en el brexit).

Desde esta perspectiva, el discurso de la 4T tiene pleno sentido histórico. Los tres momentos “fundadores” que refiere su narrativa –Independencia, Reforma y Revolución– corresponden a la promulgación de las tres constituciones que cimientan nuestra vida jurídica moderna (1824, 1857 y 1917) pero cuya legitimidad se agota. La 4T anuncia así un nuevo tiempo que necesariamente conduce a una “nueva constitución”, misma que encontrará su soporte más en los mecanismos de democracia directa y menos en las instituciones electorales y los contrapesos tradicionales.

Advierto que este proceso ya inició. Los cambios constitucionales realizados o en proceso comienzan a impactar algunas de las estructuras más profundas de la Constitución. El reto para la imaginación jurídica es enorme: reinventar militantemente el constitucionalismo para preservar lo que importa (los derechos y la democracia) y avanzar en lo mucho que falta (la justicia y la equidad).

* Director e investigador del Cide

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