Columna de Sergio Luna

Algunas ideas sobre el nuevo TLC

Sergio Luna

Cuando el río suena es que agua lleva. En el caso de la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte esto resultó cierto. Después de varios días de un ruido mediático frenético sobre el tema, el pasado 27 de septiembre México y EU anuncian que alcanzan un acuerdo comercial preliminar. Independientemente del nombre, si éste es el precursor o no de un nuevo TLC depende de varias cosas, en particular de si Canadá se incorpora a dicho acuerdo.

Hay razones para pensar que este será el caso. Conviene recalcar que no estamos ante una negociación distinta de la que arranca hace un año. De hecho, lo que destaca del anuncio es que finalmente se resuelven los temas controversiales (reglas de origen, cláusula de caducidad, mecanismos de solución de controversias, entre otros) que habían estancado las pláticas. En otras palabras, hay continuidad en el proceso de negociación y por ende los negociadores canadienses deben estar bastante familiarizados con los detalles técnicos de los acuerdos alcanzados. La incorporación de Canadá involucra por supuesto asuntos bilaterales a resolver (los más complejos son quizá el comercio de lácteos y de madera con EU), así como algunos temas relevantes en el contexto trilateral —solución de disputas y mecanismos de salvaguarda— de los que curiosamente oímos poco el lunes, quizá porque se opta por generar espacios para acomodar la posición que nuestro tercer socio eventualmente puede empujar.

Lograr la modernización de un tratado tan complejo como el TLC en poco más de un año parecía un objetivo sumamente ambicioso y el haberlo logrado no se debe soslayar. Las comparaciones son odiosas, pero el Reino Unido decide salir de la Unión Europea (Brexit) en junio de 2016, poco más de un año antes de que arranquen renegociación del TLC y a la fecha no queda claro cuál será la ruta a seguir por Londres y Bruselas.

A nuestro juicio, el sorprendente avance en plazo tan relativamente corto deriva de una combinación de capacidad técnica, talento negociador y pragmatismo.

El proceso comienza con el modelo convencional —rondas de negociación, con mesas temáticas especializadas, en donde se va de lo más simple a lo más complejo. Las seis rondas celebradas aportan mucho en términos de los aspectos de modernización del tratado que se han comentado a partir de este lunes, pero en algún momento el mecanismo parece insuficiente para avanzar al ritmo deseado. Entra en operación el pragmatismo y se decide entonces cambiar la dinámica de negociación: más que mesas formales, reuniones ministeriales ad hoc, es decir, al nivel mínimo a partir del cual se pueden tomar decisiones que destraben temas controversiales: la prioridad entonces es librar obstáculos.

Pero es quizá el enfoque más reciente el más innovador. Después de la elección presidencial en nuestro país, se opta por una negociación bilateral, sobre los mismos aspectos en los que han transcurrido las charlas trilaterales para alcanzar acuerdos sobre los temas en fricción con el propósito de que eventualmente se sume el tercer socio. Si esto efectivamente ocurre, estaríamos ante una ingeniosa adaptación al contexto regional del instrumento clave para las negociaciones multilaterales bajo el GATT-OMC: el principio de nación más favorecida. Es decir, lo negociado bilateralmente entre México y EUA se extiende a Canadá si este así lo decide.

Esperemos unos días más para confirmar si nuestra interpretación es correcta, pero de entrada parecería que estamos ante una ejecución de política comercial de libro de texto —o que, eventualmente, será citada en estos.

Los elogios al equipo negociador mexicano son bien merecidos y, sobre todo, motivan a una reflexión. Este buen desempeño no es producto de la casualidad: el equipo negociador nacional es producto de mucha inversión, por mucho tiempo, en capital humano, que hay que cuidar. El presidente electo, Andrés Manuel Lopez Obrador, pretende efectuar una reingeniería mayor de la administración pública que en muchos rubros es muy necesaria. Claro que hay excesos que corregir y prácticas por erradicar, pero hay también talento por retener y desarrollar; es muy importante distinguir cuándo opera lo primero y dónde privilegiar lo segundo.

¿Es un buen acuerdo?

Faltan aún muchos detalles por conocer, pero en el agregado se reduce la incertidumbre y eso es importante. Si bien los esfuerzos de diversificación comercial son bienvenidos, “geografía es destino” cuando se trata de comercio internacional y, por ende, tener certidumbre en la relación comercial más importante para nuestro país es clave para fomentar la inversión. De hecho, en más de un sentido el propósito original del TLC es ese: generar certeza sobre las “reglas del juego” que hagan atractivo a nuestro país como receptor de capital productivo.

Lo sorpresivo en todo caso es que el cambio en las “reglas del juego” ocurre donde menos se habría anticipado: EU modifica su postura comercial hacia una posición más proteccionista y en este sentido, la negociación es en gran medida un esfuerzo por adaptarse a esta nueva circunstancia con los menores impactos posibles. Un aumento en las reglas de contenido regional del sector automovilístico juega en contra de la competitividad del sector a nivel norteamericano e idealmente hubiera sido preferible negociar un descenso en dicha regla —como ya se ha hecho antes. Pero se opta por un compromiso que, sobre todo, evita escenarios más adversos; el acuerdo alcanzado en reglas de origen inocula a la planta automovilística regional de una eventual aplicación de aranceles bajo un argumento de seguridad nacional (como fue el caso reciente del acero y aluminio por parte de EU) y, por ende, evita “escenarios de cola”, cuya pura posibilidad de materialización generaría una tremenda incertidumbre.

Por otra parte, el énfasis en la solución de los aspectos más controversiales no debe soslayar el progreso alcanzado en temas de modernización comercial donde, efectivamente, era ya necesaria una actualización del TLC original. En aspectos como propiedad intelectual, por ejemplo, el acuerdo anunciado puede ser incluso empleado como referencia por EU para sus negociaciones con terceros países, China en particular. Se trata de otro frente en donde EU maneja incluso una posición más antagónica y el acuerdo alcanzado puede así representar una eventual ventaja competitiva para nuestro país.

Quizá en ese sentido vale tener en consideración lo que varios de los estudios elaborados en el décimo aniversario del TLC original alcanzaron como conclusión general: el acuerdo no es una panacea. No va a resolver la totalidad de nuestra circunstancia económica, pero tampoco es responsable de todos los problemas que con frecuencia se le atribuyen. Es eso sí, un instrumento valioso en el proceso de modernización de la economía mexicana, pues marca un derrotero de orientación externa que, indudablemente, ha generado oportunidades.

Preservar el acuerdo concediendo en algunos casos y recibiendo en otros era importante y así lo entienden tanto la administración saliente como la entrante, lo cual es un buen ejemplo de continuidad institucional. Ojalá y tengamos muchos más.

*Coordinador de estudios económicos de Citibanamex

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