Vesperal

Murió Adalberto González, el de Allipac…

Tomás de Híjar Ornelas

En las primeras horas del domingo 26 de agosto del 2018 dejó de existir el escritor alteño Adalberto González González, muchos años al frente de lo que hoy se nombra Sección Diocesana de la Pastoral de la Comunicación en la arquidiócesis de Guadalajara.

En cuanto se enteró de ello una autoridad en el periodismo, don Felipe Cobián, publicó en las redes sociales una síntesis que reproducimos íntegra pues condensa quién fue y qué hizo el recién fallecido: “…supo ser, ante todo, amigo de los periodistas y un servidor siempre dispuesto. Un hombre con gran sentido del humor y muy humano, escritor incansable de la vida cotidiana y el costumbrismo de Los Altos de Jalisco, pero ante todo, buen sacerdote. Lamentable pérdida.”

Digamos algo de su patrimonio literario, nada desdeñable para los jaliscienses, en especial para los oriundos y vecinos de Tepatitlán que desconozcan de la obra de su paisano.

Nació Adalberto en la delegación de La Capilla de Guadalupe –reducida en sus relatos al anagrama Allipac–, en 1940, año del cese definitivo de la persecución religiosa en México que tanto padeció esa región, pero también del fragor de la guerra que alteró de forma irreversible la historia de la humanidad. Se ordenó presbítero en 1966, a la edad de 26 años, justo cuando en la Iglesia sobrevenía el cambio más radical de su estructura en 400 años, el concilio Ecuménico Vaticano II, lances ambos que recreará de modo original su narrativa.

Siempre al margen de los mecenazgos institucionales y en ediciones de autor, produjo casi hasta la víspera de su deceso colecciones de textos breves bajo los siguientes títulos: Voces secas, Lo que allí pasó, Tierra adormecida, Así eran ellos, ¡Ni modo que no!, Se alborotó el gallinero, De los Congrán, De los Arcada, Dichos alteños, Itinerario, Más allá de Allipac, Cuentos niños, Todos se nombran, pero nadie se llama y Personajes. A ellos se sumará de forma póstuma, pues lo tenía ya listo para ser publicado, El silencio de los guerreros.

En ellos su autor hilvana los lances de personas de duro talante, ríspidas y avaras unas, indolentes, socarronas y cínicas, otras, todas atrapadas en un microcosmos donde corren parejas el crítico mordaz de la hipocresía, machismo y conducta gazmoña de la gente vieja de su patria chica y el surrealismo del niño de mirada inquieta y pupilas claras que nunca dejó de ser.

Y aunque Adalberto salió de Los Altos de Jalisco como Los Altos nunca salieron de él, muerto deja ahora a sus coterráneos la tarea de conocer y divulgar su producción literaria, que sin aspirar a ponerse de pie ante la producida por otros que como él fueron alumnos del Seminario Conciliar de Guadalajara, Mariano Azuela y Agustín Yáñez, sí merece el rescate y respeto de la posteridad como testimonio que fue de un cambio de paradigma en la comarca, el de la generación a la que perteneció su creador, la de mediados del siglo pasado.

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