El Pulso

La maldita indiferencia

Víctor Martínez Lucio

"¿A quién le importan los migrantes?, que se vayan".

Esas y otras consignas resuenan en las redes sociales desde hace medio año con el fenómeno de las caravanas provenientes de Centroamérica que comenzaron su travesía rumbo a Estados Unidos, pasando por territorio mexicano; como lo han hecho siempre, pero en masa.

La gente no los ve con buenos ojos en Nuevo León, los sienten como amenaza, se expresan de ellos como una raza inferior o, en el menor de los casos, como personas flojas que solo vienen a que les den de comer; otros a robar o a drogarse.

Hasta ahí llega en muchos casos la conciencia o empatía del regiomontano promedio, quien, fiel a su costumbre, opta por denostar, por descalificar aquello que no le interesa comprender.

Vivimos sumidos en nuestros problemas, en nuestras necesidades más próximas, muchas veces superfluas, tanto que no nos detenemos un poco a ver qué hay más allá.

El fenómeno migratorio no nos es ajeno, no solo porque somos mexicanos todos, y porque Nuevo León sea el octavo lugar en aseguramiento de migrantes, sino porque somos humanos y en teoría sensibles.

Parece como si fuéramos dos tipos de ciudadano: el que ama a sus animales y dice defender los derechos humanos, el medio ambiente, la diversidad y otros fenómenos de moda, y el otro que mira por encima del hombro y con indiferencia a seres humanos que pasan por aquí cargando cada uno su propia tragedia.

Lejos de ser catalogados como delincuentes, en otras partes del país y en otras naciones, el fenómeno migratorio es tomado con altura, con sensibilidad y criterio.

Aquí no falta el que les saca la vuelta, los culpa o critica por haber huido de sus países, como si fueran personas que por comodidad dejaron a sus familias, en busca del sueño americano, como si no supieran lo que les espera en el camino: hambres, vejaciones, violación sexual y demás abusos.

Los migrantes pasan por Guatemala y ahí reciben el primer golpe, cuando cambian de lempiras a quetzales, porque la moneda se reduce a casi nada; el golpe siguiente viene cuando son presa de los traficantes o cuando los echan en corrida los agentes migratorios.

Luego, si bien les va, llegan vivos a nuestra tierra para ser transportados en el tren que todo mundo conoce, dentro de vagones peligrosos, pasando fríos y ante la vulnerabilidad que los pone en manos de la delincuencia.

Pero, qué va a saber el regiomontano común, tan interesado en sus cosas, tan urgido de satisfacer su ego, su vida aspiracionalmente materialista.

Es mejor sacar la vuelta, culpar a todos, para no hacer nada; optar por el repudio, para luego proferir el doble discurso al que se está acostumbrado.

La culpa de la migración no es del ciudadano que trabaja y se esfuerza a diario, pero nada nos cuesta la empatía. Sirve en los actos, pero al menos se agradece en las palabras; insultar a esta gente es mostrar ignorancia y sobre todo, la maldita indiferencia.


@victormtzlucio

victor.martinez@multimedios.com


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