El poder también organiza el tiempo. Tlatelolco ocurrió en 1968, Ayotzinapa, en 2014, las desapariciones se distribuyen por años, sexenios y estadísticas.
Así se construye un calendario que ordena los acontecimientos y, conforme pasan los años, los empuja hacia el pasado.
La violencia se convierte en periodo histórico, las personas en cifras, y las exigencias de verdad y justicia en expedientes que pueden darse por cerrados.
Walter Benjamin cuestionó esta idea de la historia como un tiempo homogéneo que avanza dejando lo ocurrido atrás.
Esta forma aparentemente neutral de ordenar el tiempo tiene consecuencias: si algo pertenece al pasado, podemos comenzar a tratarlo como si estuviera terminado.
Es posible entonces conmemorarlo e incorporarlo al relato oficial sin permitir que cuestione nuestro presente.
Pero existe otro calendario: el que construyen las luchas sociales. Las familias de Ayotzinapa no vuelven al pasado cada 26 de septiembre, llevan doce años buscando y exigiendo respuestas. Tlatelolco tampoco permanece vivo porque cada 2 de octubre corresponda recordarlo, sino porque distintas generaciones han impedido que quede encerrado en 1968.
Las fechas importan, pero no contienen las luchas, condensan procesos que las desbordan.
Estos calendarios implican dos maneras de hacer memoria. Una memoria que clausura: recuerda y acomoda el agravio dentro de una historia concluida.
Y una memoria que lucha: recupera el pasado para interrumpir la tranquilidad del presente.
Desde ella, Tlatelolco y Ayotzinapa se encuentran con las miles de desapariciones de este siglo y obligan a preguntar qué permanece, qué se ha transformado y qué sigue exigiendo respuestas.
Por eso disputar el tiempo importa.
El olvido no comienza solamente cuando dejamos de recordar, sino también cuando aceptamos que el paso de los años convierta lo irresuelto en un asunto del pasado.
Frente al calendario del poder que ordena y clausura, el de las luchas.
¡Hasta encontrarles a todes!
walter. salazar@iberotorreon.mx