El nuevo orden

"Creo que ya es tiempo de ir con el psiquiatra", un eslogan

Wenceslao Bruciaga

Las aberraciones de la Iglesia católica poco importaron a esa jugosa fracción del activismo gay mundial que acabó con las palmas sangrando de tanto aplaudir aquella patraña de que “quién era él para juzgar a los homosexuales” de Jorge Mario Bergoglio: “Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para criticarlo? El catecismo de la Iglesia Católica lo explica de una forma muy bella a esto. Dice que no se puede marginar a estas personas por eso”, declaró el papa Francisco en 2013.

Dice Pier Paolo Pasolini en su compilación de textos Escritos Corsarios que: “El eslogan, en efecto, debe ser expresivo para impresionar y convencer. Pero su expresividad es monstruosa porque se convierte inmediatamente en estereotipo, fijándose en una rigidez que es exactamente lo contrario de la expresividad”. El eslogan del papa Francisco impresionó y convenció a los gays desesperados por aprobación a tal grado que por unas semanas, Su Santidad fue elevado al altar de icono pop, con los mismos valores de representación que Lady Gaga o Jim Parsons y hasta protagonizó la portada de la supuestamente combatiente The Advocate, que nombró al papa Francisco personaje del año. Poco importó la solidaridad con las víctimas de abuso que traen a cuento a la menor provocación. El activismo gay suele ser egoísta cuando la gratificación suprime cualquier sentimiento de autodesprecio, como si la deserción fuera moneda de cambio en el negocio de la tolerancia.

Dediqué varias columnas a la campaña rosa del Vaticano. De rencoroso y amargado y anticatólico mamón no me bajaron.

¿Quién puede creerle algo a cualquier Papa? No puedo pensar otra cosa más que la genuina responsabilidad del Papa consiste en mantener bien aceitada la rígida industria de la simulación moral, la culpa, el temor al pensamiento individual y sus consecuencias y el linchamiento a todo aquel que no se acobarde frente a sus benditas amenazas, por lo visto, únicas prioridades de la corporación católica, o al menos tan escandalosas que opacan compromisos de auténtico valor humanista que promueva algo de empatía espiritual. No uso corporación como berrinchuda ligereza, solo una empresa de dimensiones gigantescas y afinadamente estructurada cuenta con la maestría de encubrir fechorías, como los develados casos de sacerdotes católicos pederastas, como el más reciente, situado en Pensilvania, que señala podrían ser mucho más de mil menores abusados desde 1940 por los hombres con sotana que se creen capaces de eliminar pecados y castigar la sodomía con el infierno.

Los mismos que me sermonearon, reprochando que mi ceguera no permitía ver el titánico aporte de las palabras de Francisco en la lucha contra la homofobia, son los mismos que ahora se indignan con el homofóbico giro de tuerca que dio el papa Francisco al proponer a los padres y madres algo así como una cita de emergencia con el siquiatra si creen que su niño pudiera tener tendencias homosexuales, dejando ver que la homosexualidad es una enfermedad. La palabra “psiquiatra” fue retirada del boletín de prensa, pero la convicción estaba hecha.

El supuesto progresismo del papa Francisco es puro marketing celestial. Eslogan para los descarriados. La Iglesia Católica necesitaba de bonos de simpatía para no morir asfixiada en su propio desagüe de abusos y corrupción y qué mejor que redactar un slogan dirigido a esa minoría a la que la marginalidad lastima tanto como una corona de espinas.

Pasolini remató: “La falsa expresividad del eslogan es así la avanzada máxima de la nueva lengua técnica que sustituye la lengua humanística. Es el símbolo de la vida lingüística del futuro, es decir, de un mundo inexpresivo, sin particularismo ni diversidades de cultura, perfectamente homologado y aculturado”, como todos esos eslóganes que han nutrido en buena parte la lucha contra la homofobia estereotipándola hasta la indefensión chantajista (pienso también en los debates sobre el lenguaje inclusivo), hablando de igualdad conformista y clasemediera y heterosexualmente convencional, en vez de incendiar la lucha contra quienes nos odian y condenan, como la Iglesia católica.

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