El nuevo orden

Los goteros gays en tiempos de matrimonio igualitario

Wenceslao Bruciaga

Con toda mi solidaridad a Guillermo Fadanelli.


¿Te madrearías al gotero, o los goteros (ya dicen que se trata de una banda), como lo hace el personaje de tu novela Bareback Jukebox con el ficticio mataputos ?”, me preguntaron hace poco para una entrevista.

Partamos del hecho que soy tan malcarado y feo, con la cartera como queso gruyere, que no me veo como jugosa víctima de cualquiera de esos hijos de puta.

Respondí más o menos así:

“Qué te digo, ser un atascado tiene sus ventajas, como generar cierta resistencia a las drogas duras, quiero decir, no te tumbas tan fácil cuando tu cerebro está acostumbrado a alterar su química con tal de extender la realidad hasta un grado de insoportable placer. Después de una congestión alcohólica que me mandó al hospital hace más de una década aprendí a hacerle de sparring a mis excesos. No me considero de los que pierden la conciencia o la motricidad. Me pongo imprudente, mosqueo y les robo besos a los ligues de las chicas que me rodean, luego me pongo chillón y melodramático, y hasta ahí. Pero mi resentimiento supera cualquier grado de alcohol, así que sí, supongo que me los madrearía de verme en una situación de peligro”.

La irresponsabilidad de mi respuesta fue la irónica y nerviosa reacción al hecho de sentirme vulnerable, mi forma de negociar con un ataque de pánico. Sé lo que es que tu aliento dependa de un pendenciero, como aquella vez en la que un máster sadomaso a huevo quería perforarme los pezones con uno de esos pinchos de acero que usan para las brochetas de res. No sé cómo pude quitarme a ese mastodonte de encima, si apenas podía enfocar de tantas cosas que había fumado e inhalado; aquello terminó mal, de acordarme siento escalofríos, como agujas en las uñas, el sado nunca se imaginó que tenía sometido a un gay resentido que boxeaba por diversión y despecho. Ahí descubrí la importancia de la militar respiración del cuadrilátero.

Me sentí mal por las innecesarias palabras contestadas, el asunto de los goteros no era cómico en lo absoluto, sobre todo si pienso en que ya ha cobrado asesinatos con toda la tragedia que eso implica, como bien redactó Antonio Bertrán, quizás el único periodista que publicó casi en tiempo real casos de los goteros con datos precisos, perfiles de las víctimas homosexuales, números de las denuncias y la negligencia moral, al final otra clase de homofobia, de la policía que tomaba nota del caso. En realidad, lo que hacían otros medios era retomar la investigación de Bertrán sin mucha repercusión interna, sobre todo de los medios dirigidos a la población LGBTTTTI. Me sentí como John Waters cuando reflexiona sobre su primer acercamiento a los crueles crímenes de Charles Manson, que le llegaron como maniática inspiración: “También soy culpable. Culpable de usar los asesinatos de Manson de manera chistosa, insolente en mis primeras películas, sin la menor sensibilidad hacia los familiares de las víctimas”, confiesa Waters en su libroMis modelos de conducta.

Aunque no tan mal como todos esos gays que aprovecharon las noticias sobre los asaltos y asesinatos a puñaladas de los goteros para linchar el otro lado de la realidad gay, ése que inevitablemente perdura paralelo a las fantasías de postal de costosas marcas que se jactan de ser incluyente tan solo por fotografiar a dos tipos luciendo diamantes de miles de dólares en yates o recónditas playas, tan exclusivas e inaccesibles que ni aparecen en las cartografías del Google Maps, desde la pedante tergiversación del discurso de la igualdad y el matrimonio igualitario que en su obsesiva vigencia invisibiliza la sexualidad gay, con su propio grado de vulnerabilidad y meritorio de protocolos legales que también son derechos, aunque escandalice a la normalidad tan anhelada por muchos gays, ajenos a cualquier noción de igualdad heteronormativa.

Gays diciendo que nos merecemos eso por andar de calientes, con la misma saña que los conservadores bugas de los ochenta que se regocijaban diciendo que nos merecíamos el sida, con el mismo prejuicio de los policías que tecleaban la denuncia de los gays víctimas de los goteros.



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