Columna de Xavier Moyssén Lechuga

Antiguos contra modernos

Xavier Moyssén Lechuga

La llamada Querelle fue la divisa bajo la cual se encontraron y confrontaron a partir del siglo XVIII dos versiones distintas sobre qué y cómo debía ser el arte. Los antiguos representados por el arte clásico, los modernos por tendencias que apuntaban no a la superación de un arte formal y canónico, sino a su sustitución por nuevas corrientes de pensamiento como lo sería el Romanticismo.

Obviamente, no pretendo entrar en esta discusión, ni siquiera exponer y explicar los argumentos de uno y otro bando, sino más bien la he empleado como motivo o excusa para presentar las principales razones de la decisión que creo todos los que nos dedicamos a estos temas, tenemos o tendríamos que tomar en alguna ocasión en nombre de la honradez intelectual: se está a favor de los antiguos o de los modernos. Ojo, llevar a cabo esta decisión no implica necesariamente que se esté en contra de la postura opuesta.

Por muchos motivos que no viene al caso tratar ahora, yo me decanto por los antiguos. Pero no solo por los y las autoras de la antigüedad, sino por todo aquel productor capaz de generar un arte clásico que, para simplificar, sería aquel que es modelo o resultado de la aplicación del modelo. Con esta precisión lo que quiero establecer es que al decir que mis preferencias están con los antiguos, éstas no se circunscriben, forzosamente, a un cierto periodo de tiempo, sino que se puede encontrar en cualquier otro, incluido, por supuesto, el presente.

Aunque no es reciente, mi decisión se precipitó los últimos días al visitar una vez más el Museo Metropolitano de Arte de la ciudad de Nueva York. Antes, ya me había sucedido que en lugar de buscar al arte modero en cualquiera de sus periodos del siglo XIX al XX prefería repasar las salas griegas, romanas, babilónicas o las de esa amplia zona que ellos denominan Non-Western Art. En esta ocasión, aunque ya había pasado por esa sala muchas veces, me atrapó –y es casi literal– la cabeza, en piedra caliza, de un hombre barbado fechada a principios del siglo VI a.C., proveniente de las culturas antiguas de Chipre. Se trata de la representación del que fuera probablemente un alto dignatario o sacerdote, lleva un simple tocado y la barba arreglada en rulos en su parte inferior. El caballero expresa lo que algunos especialistas llaman la “sonrisa arcaica” o sea, al parecer está sonriente, aunque según ciertos autores se trata más bien de una deficiencia técnica, ya que los escultores de ese entonces no sabían cómo realizar una boca de otra manera que no fuera sonriendo. Sea correcta o no esta observación, fue precisamente cuando contemplaba e intentaba entender esa sonrisa, que la pieza me hizo sentir un escalofrío como muy pocas veces había sentido antes.

Si este rostro me impresionó, el llamado Sarcófago de Amathus, especialmente uno de sus dos relieves frontales, me dejó prácticamente sin habla. Es una representación enmarcada por complicados adornos florales que en el centro nos muestra una procesión de carros tirados por caballos ataviados de manera elegante, pero lo más sorprendente es que cada carro va conducido por un personaje que lleva atrás de él un sirviente que va cubriéndolo con una especie de sombrilla o parasol vegetal resguardándolo del calor. Este solo detalle es más que suficiente para llevar a cabo todo tipo de especulaciones sobre la clase de sociedad que eran estos pueblos remotos. Pero precisamente por estos detalles y todo lo que nos permiten pensar acerca de su constitución y vida social, así como en el caso del hombre barbado que nos sonríe desde hace 26 mil o más años, es lo que las convierte en piezas terriblemente contemporáneas: sus gestos, actitudes y actividades no están nada lejos de lo mismo que nosotros hacemos. En resumen, ambas piezas me refuerzan la certidumbre en un ser humano único, pero lo suficientemente diverso como para no dejar de sorprendernos, lo que hasta el momento ninguna obra de las llamadas contemporáneas ha logrado provocar en mí. 


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