Columna de Xavier Moyssén Lechuga

Cómo armar un galimatías

Xavier Moyssén Lechuga

A la memoria de Douglas Crimp

Hace unos 30 o 40 años que la cultura mundial entró en una tan radical como profunda y definitiva transformación. La producción de objetos simbólicos, especialmente los visuales, pero también los sonoros o musicales, la danza, la arquitectura, la literatura en general, acusan, sin duda, de manera puntual tales cambios.

Desde entonces, esta evolución han exigido ser replicada lo mismo por los observadores (de pasivos a participativos), que por las explicaciones (acercamientos teóricos y críticos acerca de qué es el arte, cómo debe ser y qué apariencia o no tener), los medios a través de los cuales se producen los objetos simbólicos (uso de las tecnologías digitales en video, proyecciones, instalaciones, performance) o por una área a la que pocas veces le prestamos atención, la forma de exhibirlos, de ponerlos a disposición del público; a donde hemos pasado de su presencia en ámbitos privados y cerrados (iglesias, cámaras reales), a espacios públicos muchas veces multitudinarios o bien espacios privados pero con exposición masiva (cine).

Yo creo que la mayoría de los productores actuales (los que están creando en este momento), curadores o críticos, público, coleccionistas, galerías (vendedores y compradores) y, principalmente, instituciones dedicadas a la promoción y difusión de los objetos simbólicos deberían no solo estar conscientes de estos cambios, sino haberse adaptado lo mejor y más rápidamente posible a ellos.

Semanas atrás cuestionaba si quienes están encargados de organizar y montar exposiciones, se preguntan si el material seleccionado es en verdad el mejor para hablar, desde su perspectiva –la del medio– sobre el tema en cuestión, y si tal era la mejor forma de exponerlo o si, en verdad, se hace la exposición tal y como se presenta al público solo porque no hay más que exhibir, ni se cuenta con otros recursos museográficos para hacerlo.

La verdad es que para decirlo claramente, cuando de exposiciones hablamos muchas veces hay más voluntad y exceso de ideas que acciones correctas. En especial cuando el material a exponer requiere de una concepción diferente de montaje o museografía, o bien cuando se está consciente de lo mucho que la producción simbólica ha cambiado y se quiere hacer una exhibición que igualmente refleje o vaya acorde a estos cambios.

El tema es especialmente sensible en el caso de galerías y museos y demás centros culturales públicos y privados, pues sus procesos de adaptación a los nuevos productos son demasiado lentos, lo que los lleva a tratar de hacer algo nuevo con equipo viejo, amateur, maltratado y para colmo en decimonónicas salas ortogonales.

Ya he apuntado que también se ha transformado el punto de vista, digamos teórico, con que se acerca uno a los objetos simbólicos que llamamos arte. Entre otros, el antiguo texto crítico que servía para orientar, para guiar al público en su apreciación de la obra, ahora se ha convertido en parte de ella, en un elemento más que debe desentrañar el espectador.

No quisiera decirlo, pero todo esto sucede, es posible ver y experimentar en la exposición Confluencias III, el contexto que me configura, inaugurada el pasado jueves en la Casa de la Cultura de Nuevo León. No dudo en ningún momento de las buenas intenciones con que se armó esta muestra, pero tratando de participar en esos cambios que caracterizan al arte contemporáneo se llevan a cabo acciones que terminan siendo un galimatías. Y todo, desde mi punto de vista, por no haberse preguntado primero si se está en condiciones de presentarse de esta manera, o si no sería mejor, primero modificar esas condiciones y luego presentar lo más nuevo que tengamos en casa. Mientras no giren todos los engranes al mismo tiempo y en la misma dirección, seguiremos siendo potencia, nunca realidad. 

moyssenl@gmail.com

https://soloartesvisuales.blogspot.mx

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