La frontera más triste de México

Crónica

Un pueblo en el extremo sur del país se ha dividido por la envidia, el turismo y la venta de artesanías; una parte de ese pueblo es mexicana, la otra guatemalteca, lo que impide a muchos ser solidarios con quien lo necesita.

Paisaje de Tziscao, Chiapas. (Foto: Enriqueta Lerma)
Enriqueta Lerma Rodríguez
Ciudad de México /

Betuel y Ana viven pasando la frontera. “Frontera”. Uno pronuncia esa palabra y parece hablar de algo muy grande: de un muro alto y largo o de un río donde la gente se ahoga; de un sueño por alcanzar a lo lejos; de la patrol con perros persiguiendo migrantes. Nada de eso hay aquí. Esta frontera es un lugar amable. Betuel (el pintor) y Ana (su esposa) viven del otro lado, en Guatemala, en El Quetzal; un territorio donde la orografía prehistórica engendró lagos multicolores. Entre esos cuerpos de agua está el Lago Internacional en el que flotan boyas que separan a Chiapas de Huehuetenango y a los chujes del Ejido Tziscao de los chujes de la aldea El Quetzal. Posiblemente en el pasado ambos grupos coincidieron amistosos sobre el puente de piedra que atraviesa el lago compartido. Pero ya casi no. Todo cambió cuando incrementaron las excursiones y las vagonetas turísticas, llegadas desde San Cristóbal de Las Casas, condujeron a cientos de personas a recorrer la zona. Ahí surgió la discordia por la venta de artesanías.

La mayoría de los paseantes no cruza la línea, rodea el lago por la derecha y llegan al país vecino sobre el puente, o decide subir 200 metros hasta una loma por la izquierda y contempla el estero desde las alturas; algunos se detienen antes de llegar a Guatemala y se regresan a los puestos mexicanos de quesadillas. Es apenas una raya la que divide a estos países. Uno pone el pie al frente y está en El Quetzal, da un paso atrás y se encuentra en Tziscao. Los turistas se fotografían en los obeliscos de la Comisión Internacional de Límites y Aguas sobre la brecha que debe permanecer siempre limpia, fiel a los relieves del paisaje. Cada viajero quiere su foto del lago y de las banderas ondeando. Solo los más curiosos, los que superan el temor transmitido por el guía: “no vayan más allá porque es peligroso”, tendrán la oportunidad de conocer a Betuel, quien vive allende la cima de este paso.

Un pintor, Testigo de Jehová, que ideó la salpicadura sobre el lienzo

Betuel usa traje gris por las mañanas, anuda su corbata y sale en compañía de otros testigos de Jehová a publicitar; acalorado, advierte sobre el fin de mundo, sobre la futura Batalla de Armagedón y habla del renacimiento de un mundo nuevo. Los caminos y veredas a la altura del Vértice de Santiago son su territorio. En El Quetzal el noventa por ciento de sus habitantes acude al Salón del Reino, lo que significa una verdadera diferencia con los tzisqueños, de mayoría católica.

Betuel no solo es predicador, también fue alcalde auxiliar en su aldea y miembro de la comisión negociadora que trató el caso cuando el comisariado ejidal de Tziscao les bloqueó el paso a México. Aunque parezca extraño, así fue. Siglos de relaciones culturales, lingüísticas, comerciales y parentales entre chujes, se afectaron cuando llegó el turismo. En ese momento se inventó la frontera. Como cuando en la era prehistórica, la emergencia de la Sierra de los Cuchumatanes hizo brotar lagos, el turismo llegó para hacer construir el pequeño muro que dividió a este pueblo maya.

Betuel, además, es artista. Tienen una galería en El Quetzal. Su nombre artístico es Nitrous Beto. Su obra remite a su temprana orfandad, padecida a la edad de seis años. Siendo pequeño un turista tomó una foto de sus hermanos y él no salió porque corrió a cambiarse la playera sucia. Al volver, la Polaroid se había disparado sin haberlo incluido. Por eso reprodujo esa misma foto, en la que se pintó juntos a ellos para sanear la ausencia. Tal vez así nació su arte. En sus bocetos desatacan parejas amorosas, tulipanes enormes que parecen sombrillas, quetzales sobre ramas, las boyas flotando en el lago. En mi opinión, su mejor cuadro es el del chib’al. Así cuenta Betuel que le dicen a la cacería tradicional chuj de pájaros migratorios. En noches previas a la temporada de lluvias, las aves huyen en busca de tierras más cálidas, entonces los chujes construyen ramadas en las cimas de los Cuchumatanes, aguardan hasta el anochecer cuando baja la neblina, se arropan para soportar el ambiente gélido que rodea la corona de los cerros, y buscan cazar los pájaros en el trayecto. Las aves vuelan despavoridas entre las nubes, añoran el calor. Los cazadores encienden fogatas y éstas se convierten en pequeños soles que desafían la negrura de las montañas. A ojos de los plumíferos, el esplendor es irrenunciable y se dejan atraer por la energía de aquellos astros parpadeantes: esa es su muerte. Los chujes los atrapan arrojándoles redes: los pescan en el aire. La neblina baja. Los cazadores descienden de la sierra cubiertos de brisa.

La pintura de Betuel capta el singular momento: es una de las pocas imágenes gráficas en que el chib’al aparece. Por esa obra plástica supe que la asechanza ancestral de aves sobre los montes sobrevive.

     —Véndeme tu cuadro… —le digo; responderá, como siempre, que no.

Dirá que no porque en esa pintura se encuentra al lado de sus hermanos. Los mismos hermanos de la foto del turista; los mismos hermanos, cazadores de pájaros, que desparecieron cuando intentaron cruzar por segunda vez a la otra frontera: la del gran muro, la del río; la que cuida la patrol.

Un día un viajero impertinente echó un ojo a la galería y juzgó que no había una huella distintiva del artista. Posiblemente lo dijo sin tapujos. Betuel escuchó y lo pensó por días. Por días, por semanas, por meses… Hasta que una salpicadura de pintura saltó del pincel al lienzo y le cambió el sentido de la imagen. Lo que fue un accidente inicial se convirtió en una mancha que sugirió creaciones diversas: bailarinas con faldas estallando, jinetes con cabeza de fuego, amantes mechudos y arañas coloridas.

Galería de Betuel. (Foto: Enriqueta Lerma)

La rampa que se hizo zanja, luego muro

Los alrededores de esta franja fronteriza se han transformado en un lapso de veinte años. Quienes arribaron desde México a principios de este siglo con la intención de conocer los lagos, pernoctaron aquí en tiendas de campaña, entonaron “Canción mixteca” entre bromas y cruzaron libremente la raya para eliminar su añoranza. Del lado mexicano no había puestos de artesanías, solo en Guatemala, y entonces las cabañas dedicadas al turismo eran escasas. Era una aldea desolada con unas cuantas casas de madera. La gente no se atrevía a internarse allá porque había poco que ver del otro lado y la galería de Nitrous Beto aun no existía. Betuel todavía trabajaba en Alabama con sus hermanos. Todo se sentía distinto entonces porque nadie decía que no cruzaras a la comunidad vecina.

Diez años después las cosas habían cambiado: el guía recomendaba no subir a la cima a contemplar el lago; aunque la gente igual subía. Las banderas ondeaban como siempre, pero el camino a Guatemala estaba segado por una zanja cavada por los tzisqueños para desalentar el paso. Del otro lado, cercados por cinta amarilla de precaución, los vendedores de artesanía guatemalteca, empapados por la lluvia y con gesto de tristeza, veían a los paseantes desde sus humildes puestos. Los chujes mexicanos ya habían colocado sus propios negocios y ofrecían productos traídos de Quetzaltenango. Del lado mexicano las cabañas de turismo ganaban terreno, las balsas se incrementaban y los mototaxis ofrecían recorridos a otros lagos.

Pienso que hubo un remanso entre los chujes (los de aquí y los de allá) cuando Tziscao, ubicado en tierra bajas, pidió a El Quetzal que le surtiera agua potable desde un tinaco colocado en su zona más alta y que caería por un sistema de rodada a través de una manguera. En ese tiempo de buena vecindad, se restauró el puente de piedra construido desde finales del XIX, se tapó la zanja, se pavimentó una rampa para transitar libremente de Guatemala a México (y todos felices y contentos).

A Betuel le tocó acompañar a la comisión de agentes auxiliares chujes quetzaleños cuando la amistad se rompió con los de Tziscao. ¿Fue un mal entendido?, ¿el resultado de un juego adolescente?, ¿un plan maquiavélico?, ¿una forma de evitar el tránsito? Nadie sabe. Un día la manguera que bajaba del tinaco al desnivel tzisqueño amaneció macheteada. Y ese mismo machetazo volvió a cavar la zanja; truncó la rampa que permitía a los enfermos de El Quetzal llegar al hospital más cercano en Comitán por la carretera Fronteriza; rompió la tregua para que las vans turísticas, que ya subían su clientela a los puestos guatemaltecos, se quedaran estacionadas en Tziscao; para que empezara a decirse a los viajeros que “allá no era seguro, ¡y mejor ni fueran!”

Para 2014 las autoridades auxiliares de El Quetzal ya contaban una historia triste: “Todo fue por la venta de artesanías. Todo fue por envidia”. “A la gente de México le gustaba cruzar la frontera; venir a Guatemala a comprar un recuerdito”. “A nosotros nos ayudaba mucho cruzar a Chiapas por cualquier necesidad”. “¡Saber!, a lo mejor alguien de abajo cortó la manguera para después culparnos y taparnos el camino”.

Un representante de Relaciones Internacionales y una comisión Internacional de Derechos Humanos supervisaron el caso cuando una mujer parturienta, a la que intentaban conducir a la Fronteriza por otras veredas, tardó tanto en rodear el ejido que murió en el camino antes de llegar a un hospital mexicano. Pero nada pudieron hacer.

Como esta es una frontera amable, después de muchas complicaciones para los chujes de la aldea, los tzisqueños construyeron ex profeso una escalera que conduce a la cima y lleva a los turistas a Guatemala. La escalera está flanqueada de puestos mexicanos que fingen ser guatemaltecos. Se espera que los turistas compren artesanías de este lado y después se tomen la foto en el obelisco, en medio de las dos banderas.

     —¿Y qué pasó, Betuel?, ¿sirvió de algo aquella charla que tuvieron con las autoridades ejidales? —pregunto para cerrar la historia, mientras él limpiaba sus pínceles.

     —Sinceramente, no. Cuando vimos que no podríamos ablandar su corazón, lo tomamos como algo que estaba más allá de nuestras manos. Y sabemos por la palabra de Jehová que esas cosas pasarían al final de los tiempos: que se levantaría hermano contra hermano. Así que no tenía caso seguirnos humillando. Pero ojalá algún día las cosas cambien porque al final somos el mismo pueblo.

Artesanías en El Quetzal. (Foto: Enriqueta Lerma)

Si usted va un día al Lago Internacional Lagos de Montebello

Si alguna vez usted va por estos lares, sepa que llegó a la frontera más triste de México. Aquí no fue necesario poner un gran muro, ni una patrulla fronteriza para evitar el paso. Los chujes se enemistaron entre sí, posiblemente por motivos distintos a la venta de artesanías o a la manguera macheteada, tal vez fue la envidia. Está usted en la frontera más triste de México porque la escalera que se construyó para llegar a El Quetzal, tan bonita, tan cómoda, tan a la orden, se disfraza de amabilidad y es el propio muro que evita que los autos pasen.

Así que sí usted va algún día, suba la escalera, tómese la foto, aprecie el Lago Internacional, coma sus quesadillas y luego cruce hasta El Quetzal; conozca también a los chujes del otro lado, salúdelos: son las personas más amables que he conocido. Y si usted tiene tiempo, visite a Betuel. Su esposa se llama Ana, es una mujer alegre y hermosa, de cabello largo negro, que llegó desde la otra frontera, la norte. (Para el sur no encontró muro). Vino de Ciudad Juárez para convertirse en la musa de un pintor guatemalteco. ¡Vaya! A lo mejor a usted también le gusta el cuadro del chib’al. A lo mejor corre con suerte y hasta se lo venden.

AQ

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