“Quieres encontrar a la gente en pedazos”: testimonios israelíes de Gaza

Los testimonios de soldados israelíes sobre los crímenes que cometieron en Gaza en 2014 sirven para darse una idea de la ofensiva actual, aunque esta sea muchas veces más violenta.

La violencia en Gaza se disparó desde la última ofensiva de Israel | Fotoarte: Luis M. Morales
Témoris Grecko
Zanuta, Palestina /

Yehuda Shaul ya no usa la kippa (tela circular que los judíos practicantes llevan la cabeza) con la que este periodista lo conoció en 2010, a su 27 años. Ahora tiene 40 y la barba, larga y espesa, se le ha plateado de canas. Su energía, con la que entonces denunciaba el apartheid en la ciudad palestina de Hebrón, es la misma con la que ahora confronta a los colonos israelíes con uniforme y armas de soldado que están expulsando a los habitantes de las aldeas de Masafer Yatta, en el sur de Cisjordania. ¿Acaso es también como la que lo motivaba a disparar cuando él mismo era parte del ejército ocupante?

Shaul no sólo no niega su pasado militar, sino que ha hecho de él, de su propio origen como parte de una familia derechista ligada a los colonos, de la crítica pública de los crímenes cometidos y de ayudar a otros veteranos a denunciarlos, uno de los principales ejes de su vida.

Estamos recorriendo lo que ahora es la aldea fantasma de Zanuta, después de que sus residentes tuvieron que escapar el 28 de octubre bajo amenaza de muerte, cuando escuchamos el ruido ominoso de los aviones de combate. No hay vuelos comerciales en la región, cuando suena algo así, van rumbo a Gaza, a 50 kilómetros de distancia, a arrojar su carga de muerte.

La ofensiva israelí contra los más de 2 millones de personas que se aprietan en la pequeña franja de Gaza, a resultas del ataque de la milicia Hamás del 7 de octubre, es la mayor de todas. Con 50 periodistas gazatíes muertos en estas semanas –cerca ya de doblar el récord mundial que ostentaba Iraq– y la prohibición de que entre prensa de manera independiente, muchos eventos graves están quedando sin registro.

Por el momento. Una de las tareas de “Rompiendo el Silencio” (shovrim shtika, en hebreo), la organización que Shaul fundó a los 21 años, en 2004, es apoyar a los jóvenes que, como él, fueron reclutados por el ejército siendo todavía adolescentes para hacer su servicio militar y forzados a cometer crímenes.

Fotoarte: Alfredo San Juan
Shaul, soldado y después comandante durante la segunda intifada, lo hizo en la misma Hebrón: “Solía disparar con un lanzagranadas contra edificios vacíos de los barrios palestinos”, recuerda. “Era claro que no afectaba sólo esos edificios sino a los barrios enteros. Se abría fuego sin antes identificar la fuente del fuego palestino”. ¿Le parecía correcto? Entró en pánico. Todavía tengo la idea de que estoy en una misión, de que las cosas son blanco y negro, y yo me quedo como que… ¿qué está pasando aquí? ¿Se supone que dispare granadas contra una ciudad donde vive gente? 
En la primera noche, disparas hacia un rincón del objetivo, tiras del gatillo y lo sueltas tan rápido como puedes, y dentro de ti estás rezando por que hayas lanzado la mínima cantidad de granadas, porque si aprietas el gatillo por un minuto, salen 60 granadas”.

Atisbos de violencia

La sociedad israelí es una en la que casi la totalidad de sus miembros hizo el servicio militar. Son tres años para los hombres y dos años para las mujeres, en los que viven en cuarteles, se les da adiestramiento de armas y muchos de ellos van a situaciones de combate de verdad, en las que disparan a matar. 

Además de recibir doctrina: el ejército los recibe a los 18 años, cuando están adquiriendo una conciencia de las personas y del mundo, y los regresa a sus familias a los 21, formados a la manera castrense. No debería sorprender que esto influya en sus decisiones políticas.

Algunos, no obstante, toman conciencia de que hicieron cosas incorrectas, violentas a veces fatales. Les resulta muy difícil aceptarlo internamente. Y más, compartirlo con una sociedad que los felicita por haberlas realizado, con familias y amistades orgullosas que no tomarán bien los arrepentimientos ni la honestidad.

“Rompiendo el Silencio” los ayuda a enfrentar la realidad de que aquello por lo que les aplauden son crímenes inconfesables que hay que confesar. Sus miembros se preparan para trabajar con los soldados que ahora están peleando en Gaza. Como lo hicieron con los de la ofensiva de 2014, que dejaron 111 testimonios escalofriantes incluidos en el libro de 136 páginas “Así es como peleamos en Gaza” (This is how we fought in Gaza).

Atisbos a lo que ahora están haciendo allí.

Nadav Weiman, director senior del grupo, señala que las anteriores ofensivas contra Gaza (2008-09, 2012 y 2014) estuvieron basadas en dos principios:

Riesgo cero para nuestras fuerzas”: que la seguridad de las tropas israelíes sea prioridad, “transfiriendo el riesgo a los civiles en Gaza, incluso si no están involucrados en las hostilidades”, por lo que “la devastación de barrios completos era un subproducto”.
Y la “doctrina Dahiya”, mediante la cual se busca “causar un daño desproporcionado a los activos militares y a la infraestructura y las propiedades civiles”, con el propósito de “crear una disuasión y voltear a la población civil contra las organizaciones no estatales que operan desde su territorio”.

Así peleamos en Gaza

Testimonio 17: “Si ves a alguien, dispárale”. “Nos dijeron: ‘no se supone que haya civiles ahí"' `Si le disparas a alguien en Gaza, está bien, no hay problema. En primer lugar, porque es Gaza. En segundo lugar, porque así es la guerra”.
Testimonio 35: “Una fuerza identificó a dos mujeres jóvenes caminando en una huerta, a 800 o 900 metros, cerca del mediodía. Enviaron al dron y el dron las implicó. Las vio con teléfonos, hablando, caminando. Y las mataron”. ¿Con base en qué? “Las palestinas seguro podían ver los tanques y el humo se salía del trabajo de los ingenieros. D
Después de eso, el comandante envió tres tanques a revisar los cuerpos. Encontraron los cuerpos sin armas de dos mujeres de 30 años. Las anotaron como terroristas. Les dispararon, por lo tanto, debían ser terroristas”.
Testimonio 32: “Algunas veces, se instruía a los soldados de los tanques a disparar una granada o la ametralladora cada 30 minutos. A veces, el objetivo era que los palestinos no se olvidaran de que estaban ahí. Otras veces, solo para que los soldados del tanque no se durmieran”.

Muchos de los testimonios describen crudas escenas de carnicería como si las hubieran visto en en un videojuego o en una película, lo que revela un distanciamiento de lo que están haciendo, un aislamiento respecto de sus propios actos.

Testimonio 36: “El verdadero espectáculo audiovisual fue cuando estábamos en el área de preparación (fuera de Gaza), fue cuando vimos el show de verdad. Era un verdadero despliegue de fuegos artificiales. Desde lejos, se veía genial. No sé a qué o a quién le estaban disparando. 
Y luego entraron los tanques. Esterilizaron cada casa con una granada”. “Muchos de los palestinos se fueron y dejaron sus casas cerradas con candado. Yo creo que imaginaron que con eso nadie se metería. Pero más que entrar, todo fue destruido y arrasado con los D9. Pasan sobre lo que sea, barren con lo que sea”.

Arrasando con los D9

Los D9 son retroexcavadoras blindadas de 4 metros de altura, 8 de largo y 4 de ancho, y 50 toneladas de peso, que abren o literalmente aplanan el terreno para que pueda entrar la infantería, arrasándolo todo: caminos, tierras agrícolas, coches, tiendas, casas. Con frecuencia operan en conjunto con los tanques Merkava, como revela un testimonio: “Disparaban, destruían, disparaban, destruían, así es como nos movíamos. Casas en puntos estratégicos que no planeábamos tomar, cosas peligrosas, aplastaban todo. Nunca vi algo así, ni siquiera en Líbano”.

Fotoarte: Alfredo San Juan

Un teniente dijo que “los D9, por sí solos, destruyeron cientos de estructuras. El D9 era la herramienta principal, nunca dejaba de trabajar”. Otro informó que un hombre de la tercera edad había sido herido y se retorcía de dolor. Los soldados no sabían “si dejarlo morir lentamente o ponerle fin a su miseria”. Finalmente, “un D9 vino y dejó caer un montón de escombros sobre él, y así se acabó todo”.
Testimonio 56: “Depende de cada caso, pero (para entrar en una casa) generalmente la idea es usar un montón de fuego, quieres encontrar a la gente en pedazos, allí dentro. Así es como se hace, de manera breve. Además, usualmente un D9 llega, derriba una pared y entra por la pared”.

La doctrina Dahiya

En operaciones anteriores, cuando las tropas se retiraron de Gaza, las casas que fueron empleadas como cuarteles temporales o dormitorios fueron hechas explotar por los ingenieros militares, en tanto que los barrios que ocuparon fueron bombardeados por la aviación, “aplicando la doctrina Dahiya”, explica Weiman, “que requiere la destrucción de las áreas civiles independientemente de que signifiquen algún riesgo para la seguridad de los soldados”.

Según el testimonio de uno de ellos sobre la retirada: “Una hora, o una hora y media antes del cese al fuego, una oleada tras otras, los aviones llegaban y bombardeaban todas las casas que de alguna forma estaban asociadas con el enemigo… casa tras casa, las bombas caían y borraban cada casa. Las desaparecían. Las hacían polvo”.

Las identidades de los autores de los testimonios están reservadas porque las represalias pueden venir de muchas formas, desde exclusión familiar, de trabajo o la enseñanza, hasta acoso judicial. Pero algunos, como Shaul, han asumido las consecuencias al dar la cara.

También lo hizo Benzion Sanders, quien escribió un artículo para el New York Times, publicado el 28 de octubre, tres semanas después del inicio de la guerra. Él fue uno de los soldados que pelearon en Gaza en 2014, una experiencia que “de ser un muy religioso estudiante ortodoxo de yeshiva (escuela judía) y colono de Cisjordania, me transformó en activista del movimiento que se opone a la ocupación de los territorios palestinos con ‘Rompiendo el Silencio’”.

Sanders recordó unos pensamientos que anotó en un papel durante sus tres semanas de guerra, al respecto de que algunos de sus compañeros se estaban preguntando si el número de soldados caídos valía la pena por el resultado de la ofensiva que emprendieron.

“Escribí: ‘Yo creo que valdrá la pena siempre y cuando eliminemos la amenaza decisivamente’. Esta es la mentira que nos dijeron, la mentira que repiten hoy: la de que podemos eliminar decisivamente la amenaza de Hamás a través de una operación militar. 
Desde entonces, Hamás no ha hecho más que volverse más fuerte, a pesar de nuestros sacrificios y a pesar de la muerte y la destrucción que le impusimos a Gaza. Nunca tendremos paz y seguridad hasta que alcancemos un acuerdo político por el que los palestinos alcancen libertad e independencia”.

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