Verdad ficticia

Monterrey /

Ficción, fantasía. ¿En qué momento nos metemos de lleno en estos mundos y empezamos a creer que son ciertos o por lo menos igual de válidos que esa otra realidad?

Dice Salman Rushdie:

“Para mí, lo fantástico siempre ha sido una forma de añadir dimensiones a lo real, de añadirles una cuarta, una quinta, una sexta y una séptima dimensión a las tres de costumbre; una forma de enriquecer e intensificar nuestra experiencia de lo real, en vez de escapar de ella a la tierra fantástica de los vampiros-superhéroes”.

Nos aferramos a nuestras fantasías para negar las patéticas vidas que llevamos y para intentar soslayar la terrible realidad del dolor, la frustración, el pasmo, el sinsentido de todo aquello en que habíamos depositado nuestra confianza, nuestra fe, en esas premisas que parecían tener una especie de certeza, pero que resultaron ser ilusiones.

Pero también nos creemos nuestras propias y muy personales ficciones no solo para huir de una realidad, sino para entendernos dentro de ella. Es decir, no intentamos comprender la realidad, solo el porqué y el cómo estamos y nos movemos en ella. También siento que esto nos genera una confusión tremenda y por eso optamos por preconfigurar nuestra cotidianidad en breves e inocuos –e inconsecuentes– rituales cíclicos que nos hagan sentir que, aun y cuando estos rituales nos metan de lleno en esquemas de ansiedad y de locura, representan un sentido, una justificación de nuestra existencia. Pero la búsqueda de la verdad sigue y aunque en el fondo intuimos que se trata de una ilusión, nos resulta entretenido. De esta manera hemos creado una quimera monstruosa, multifacética y polivalente.

Apunta el mismo Rushdie que: “Entiendo la naturaleza del contrato de la ficción, de manera que puedo aceptar suspender mi credulidad en aquello en lo que sé que no hay que creer, con la esperanza de encontrar, al hacerlo, alguna verdad en la que basarme”.

El cuento de Ryunosuke Akutagawa “En el bosque” es una obra que todo periodista y escritor debe leer. Trata sobre la complejidad de la percepción de la realidad y de por qué uno no debe creerse nada ni dar por cierto algo sin tener datos duros –evidencia– o anteponer alguna opinión subjetiva por encima de esta evidencia. Si “En el bosque” se plantea la dificultad de encontrar la verdad o la esencia de las cosas, en tanto que todos cuantos opinan sobre algo puedan o no tener razón –incluso cuando se contradicen–, entonces podemos entender a la vida como una multiplicidad tremenda de excitaciones, de impulsos, nunca de absolutos ni certezas.

Mi profesor de filosofía de la preparatoria no se cansaba de decir que la filosofía era la búsqueda de la verdad. Esta definición etimológica ya no convence. Más bien pienso que debemos visualizar la historia de la filosofía –del pensamiento– como una serie de intentos, de ensayos, para crear un enorme cuerpo de ficción que encaje con lo que en un punto determinado se quiere o se necesita creer.

Así, me queda claro que la filosofía no es más que una rama, una especialidad, de la literatura, pues no intenta encontrar la verdad, sino de crearla constantemente.

Me da la impresión de que a veces no estamos dispuestos a admitir que lo que interpretamos como un contraste no es sino una contradicción.

Aun así, se puede encontrar un atisbo de iluminación en ese choque, y por más mínimo que sea o parezca, éste puede llegar a ser revelador y, con suerte, trascendente.

Quizá la realidad solo sea un montón de brevísimas y espontáneas verdades apareciéndose erráticamente como travesuras jocosas, destellos huidizos jugando a las escondidas.

Como quiera, hay que seguir buscando.


  • Adrián Herrera
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