De la ambición a la ignominia

Ciudad de México /

Tengo dos convicciones sobre nuestra Suprema Corte de Justicia. Una es que durante la época hiperpresidencialista estuvo subordinada en los hechos al presidente de la República, quien imponía su poder en aquello que le interesaba. La otra es que, durante su Presidencia, Arturo Zaldívar reprodujo ese esquema de subordinación.

¿Cuál es la diferencia? Que hoy, a diferencia de aquella época, existe una opinión pública que fiscaliza y varios ministros que pueden oponerse a la voluntad presidencial. Por eso Zaldívar tuvo que hilar más fino y ejercer un disimulo selectivo, oponiéndose a algunos asuntos gubernamentales no prioritarios, mientras que en los temas vitales para Andrés Manuel López Obrador aplicaba la férula del timing discrecional con que cuenta el titular de la Suprema Corte: agilizaba aquello que le complacía y en torno a lo cual podía articular mayoría, y ralentizaba o de plano congelaba lo que perfilaba su contrariedad. Lo que no pudo disimular fue su participación en el concurso de zalamería: las redes sociales del jefe de uno de los Poderes de la Unión difundían mensajes que podrían confundirse con los de un meritorio de Morena que volantea panfletos de AMLO.

El sometimiento judicial en tiempos de la 4T tiene otra peculiaridad que lo distingue del de antes: se ha documentado. Hay denuncias que detallan el modus operandi practicado en el Consejo de la Judicatura entre 2019 y 2022 para “alinear” a juzgadores, vía premios y castigos, a los intereses presidenciales. La descripción de los mecanismos de control es tan verosímil que resulta una bomba mediática. Por ello, porque piensa que la pugna en la Corte abrirá una caja de Pandora que le ayudará en su guerra contra el Poder Judicial, AMLO ha dicho que ya compró su pago por evento. Sospecho que pronto pedirá su reembolso, porque el espectáculo lo perjudicará a él como al que más.

Creo que a Arturo Zaldívar le pasó lo mismo que a López-Gatell. Se trata de dos académicos con credenciales sobresalientes que sucumbieron a los cantos de las sirenas y se inmolaron en el altar de AMLO, señor y dador de vida política, al supeditar a sus dictados la Justicia y la Salud Pública. Cambiaron su toga negra y su bata blanca por sendas camisetas guindas, obviaron los equilibrios democráticos y el compromiso con la ciencia y chapotearon en el culto a la personalidad. Despedazaron sus reputaciones en aras de un encumbramiento que, por lo demás, se les ha negado. Ni hablar. El poder es como las feromonas: su olor embelesa y lleva al incauto de la ambición a la ignominia.

Un error estratégico de Zaldívar truncó su plan: apoyó en su sucesión al ministro vetado en Palacio y perdió puntos de sumisión. Luego quiso recuperarlos al renunciar, regalarle el reemplazo a AMLO y, en alarde de desaseo, antes de que el Senado aprobara su renuncia, irse a la campaña de Sheinbaum, donde ha asumido un penoso papel que recuerda a los jilgueros y golpeadores de antaño. Ahora ronda el abismo; perdió el prestigio que tenía y podría perder el empleo que anhelaba. Se ha vuelto un personaje tóxico. Que AMLO lo defienda es comprensible, porque tiene capital político para arrostrar a quien fue su cómplice. Que Claudia lo arrope y lo mantenga en primer plano sería un error demasiado costoso para ella.


  • Agustín Basave
  • Mexicano regio. Escritor, politólogo. Profesor de la @UDEM. Fanático del futbol (@Rayados) y del box (émulos de JC Chávez). / Escribe todos los lunes su columna El cajón del filoneísmo.
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