Cuando Calderón fue desairado por Zelaya

Ciudad de México /

En seguimiento a las dos anteriores columnas sobre el asalto en 2009 a la embajada de Honduras en México, ilegalmente ordenado por Marcelo Ebrard, entonces jefe de Gobierno del Distrito Federal, resultó que el allanamiento fue tolerado por el presidente Felipe Calderón, considerado espurio por Andrés Manuel López Obrador.

¿Por qué Calderón condonó al alcalde capitalino, quien tras el fraude electoral de 2006 lo desconocía como presidente de la República, por cometer tan grave delito internacional que comprometía al Estado mexicano? (Basta recordar la demanda de México contra Ecuador por esa misma razón en la Corte Internacional de Justicia).

La respuesta se divide en dos ámbitos: externo e interno.

En lo externo, tras el dudoso golpe de Estado o destitución constitucional del presidente Manuel Zelaya, quien intentó reelegirse con engaños, Calderón lo reconoció con el propósito de ser legitimado como mandatario entre los gobernantes latinoamericanos de “izquierda”, afines al excandidato de la Coalición por el Bien de Todos (PRD, PT y Convergencia).

En lo interno, Calderón trataba de acercarse con Ebrard, aliado de su principal enemigo político, lo cual ocurrió al final del sexenio con la fotografía de ambos sonrientes, en la inauguración de la funesta Línea 12 del Metro.

En ese afán de congraciarse, el mandatario panista recibió como jefe de Estado al defenestrado Zelaya.

Sin embargo, en un acto en el Teatro de la Ciudad de México (administrado por Ebrard), con la presencia de la embajadora hondureña Rosalinda Bueso (pagada como asesora por Ebrard) y organizado por el PRD (entonces partido de Ebrard), Zelaya exclamó ante la ovación de los simpatizantes de AMLO: “A veces es mejor sentirse presidente que serlo”.

Fue una clara alusión a López Obrador, llamado “presidente legítimo”, lo cual provocó el natural disgusto del anfitrión y, según cuentan las crónicas de la época, la visita de Zelaya se interrumpió antes de tiempo.

Calderón cometió un grave error al apoyar el regreso de Zelaya al poder, escribió Armando Regil en “Lecciones de una traición: Calderón y la decepción de Zelaya”1, pues al hacerlo, “dejó de lado la defensa de principios tan fundamentales como el respeto al Estado de Derecho y a las instituciones democráticas”.

En mi opinión, Calderón cometió además el error de ignorar la Doctrina Estrada, contraria a la práctica del reconocimiento de gobiernos.

Si hubiera aplicado la Doctrina Estrada, tan manoseada y tan mal entendida, Calderón no hubiera tenido que reconocer a Zelaya ni desconocer a Micheletti, simplemente hubiera mantenido relaciones diplomáticas sin pronunciarse sobre la legalidad del cambio de gobierno de Honduras, observando así los principios de no intervención y autodeterminación de los pueblos.

Tampoco hubiera ocurrido tan inhumano acto cometido por la entonces secretaria de Relaciones Exteriores, Patricia Espinosa, de permitir la expulsión del país de una diplomática hondureña, en delicado estado de gravidez, esposa de un funcionario mexicano ¡que trabajaba en la propia SRE!

Los desatinos de Calderón contribuyeron el desaire del ingrato Zelaya, quien regresó al poder, ahora como esposo de la presidenta Xiomara Castro, la cual recién entregó la máxima condecoración hondureña a Marcelo Ebrard, acompañado por su ahora esposa Rosalinda Bueso, sin que el ex canciller hubiera pedido oportunamente permiso al Ejecutivo, violando otra vez la Constitución mexicana.

El cinismo y la impunidad, hoy como ayer, siguen reinando en los tiempos de la “transformación”. 

1“Lecciones de una traición: calderón y la decepción de zelaya”, el cato.Org, 17 agosto 2009.


  • Agustín Gutiérrez Canet
  • gutierrez.canet@milenio.com
  • Periodista y Embajador de México en retiro. Licenciado en comunicación (U. Iberoamericana). Diplomático de carrera, representó a México como embajador en Rumania (2013-2016), en Finlandia, concurrente en Estonia (2008-2013) y en Irlanda (1995-1996). Fue cónsul general en Hong Kong y en Macao (1991-1995), ministro y jefe de cancillería en España (1989-1991), consejero en Italia (1985-1986) y representante alterno ante la FAO en Roma (1986-1987). En la Secretaría de Relaciones Exteriores fue director general de Comunicación Social (1982- 1985) y subdirector general de Prensa Extranjera (1980-1982). De 2003 a 2005 fue coordinador de Información Internacional en la Presidencia de la República y director del Departamento de Estudios Internacionales de la Universidad Iberoamericana (1998-2002). / Escribe todos los jueves su columna Sin ataduras
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