El Capital Afectivo que le queda al Presidente

Ciudad de México /

En cualquier momento esto va a estallar. Pero no pasa. El reguero de pólvora está encendido, la mecha corre a lo largo de la serpentina negra y cada que tuerce por detrás de una decisión oscura viene la angustia anticipada. Ahora es que va a reventar. Pero no, no pasa. Más que cerrar los ojos, uno los aprieta junto con los otros músculos de la cara mientras los hombros se alzan, la cabeza se hunde en ellos y las manos se acercan a los oídos previniendo el estallido. Y no, no pasa. Esa dicen que es la historia de este gobierno, de ahí que muchos se pregunten: ¿por qué no revienta?, ¿será que sus seguidores no se dan cuenta?  

Desde la primera decisión torcida empezó. La cancelación del aeropuerto de Texcoco por la que los mexicanos estamos endeudados y obligados a pagar cientos de millones de pesos los próximos años; decisión que se tomó sin presentar ninguna prueba de corrupción; por la que se prometió a cambio un sistema aeroportuario que no se cumplió y se construyó la mitad del AIFA, aunque simulan que fue todo entero, es decir, hoy tenemos medio aeropuerto al que nadie quiere ir. Un desastre. La pregunta es: ¿por qué no estalló entonces u hoy la indignación? 

Capital Afectivo. Esta es una nueva categoría de análisis que propongo para explicar el porqué de la fortaleza de la imagen del Presidente, a pesar de las fallas en su ejercicio de gobierno. Esta categoría sí responde a la pregunta: ¿por qué frente a los errores, las tragedias y aún las mentiras pareciera que la gente no lo resiente, no le cobra factura?

Antes se intentaba responder con algunas cualidades de nuestro mandatario. Su enorme carisma, pero no, eso no es. Si esa fuera la respuesta hubiera ganado antes la presidencia. Es más, antes desplegaba el carisma con más fuerza. No, no le alcanza, no es. Su capacidad política. Tampoco. La capacidad política implica darle la vuelta al problema, construir un túnel de salida. Y no, no es el caso. Los errores hoy los enfrenta hasta con cinismo. Se dice que el huachicol no existe y ya, que la salud es como en Dinamarca, que en México hay paz, que los colaboradores o la familia acusada no son corruptos y que los reportajes están mal. Tampoco se explica con la lógica de la posverdad. Aquí ya ni siquiera hay otros datos, aquí hay los que hay y da igual. Por eso los analistas pro gobierno bajan la vista cuando tienen que defender. No tienen ni siquiera otros datos a los cuales apelar. Tienen que cambiar el tema, desestimar la pregunta u ofenderse. No hay más. 

Es el dinero de los apoyos dicen algunos más. En parte, pero no sería suficiente para alcanzar a todas las audiencias. De ahí que recurriendo al reconocido filósofo Pierre Bourdieu, uno apelaría al Capital Simbólico, es decir, la reputación, el bagaje, la historia personal y, sí, de eso algo hay. 

Sin embargo, el Capital Afectivo es algo más primario que hasta lo tienen los niños. Es ese afecto que las personas acumulan por haberse esforzado o sufrido, por ser mayores, por ser un niño que se equivoca o simplemente por ser nuestro hijo. Los vamos a perdonar. De ese capital singular acumulado por haber fallado tanto, al Presidente todavía le queda un saco. 

Entonces ¿no va a estallar? Sí, pero no a él. Le va a estallar a Claudia, que de Capital Afectivo no tiene ni un centavo.


  • Ana María Olabuenaga
  • Maestra en Comunicación con Mención Honorífica por la Universidad Iberoamericana y cuenta con estudios en Letras e Historia Política de México por el ITAM. Autora del libro “Linchamientos Digitales”. Actualmente cursa el Doctorado en la Universidad Iberoamericana con un seguimiento a su investigación de Maestría. / Escribe todos los lunes su columna Bala de terciopelo
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