Elogio a la mentira

Ciudad de México /

Si algo tiene la mentira es que no le gusta que la reconozcan como falsa o embustera. Suena simple, quizá hasta ingenuo, pero el primer objetivo de la mentira es que nadie se dé cuenta que es mentira, que todos piensen que es verdad. Si no fuera así, sería idiota esforzarse en mentir. Sin embargo, algo nos ha sucedido en México que eso parece ya no importar. Nos han acostumbrado tanto a la mentira, que ya aprendimos a sumergirnos en ella sin dejar de respirar. Reconocemos que naufragamos en mentiras, es más, ya ni siquiera decimos que nosotros tenemos “otros datos” o una “opinión distinta”. Los mexicanos nos hemos acomodado en las mentiras sabiendo que son mentiras y lo que es peor, despreciamos la verdad.

La clave para entender este nuevo fenómeno en la política mexicana la reveló una reconocida representante de Morena; de las que opinan en la televisión y tienen un espacio no solo en la prensa, sino también en la campaña de Claudia Sheinbaum. “El gran cambio cultural y político con el que yo podría resumir este periodo de la cuarta transformación —dijo— es haberle devuelto a la política el valor de la sinceridad, no tanto el de decir la verdad”— y terminó enfatizando: “las declaraciones del Presidente son sinceras, no necesariamente verdaderas”.

La afirmación es categórica. Parecida a aquella del presidente Peña en donde dijo que la corrupción era un fenómeno cultural en nuestro país. En ambos casos, el hecho de haber incluido el término “cultural” en la definición, resulta bestial. Significa que la corrupción entonces, y ahora la mentira, son parte de nuestro estilo de vida: un patrón socialmente adquirido de pensamiento, sentimiento y acción. Es decir, eso nuevo en lo que nos hemos convertido, eso que ahora somos.

De manera adicional, la declaración evidencia un desprecio por la verdad, se afirma que la mentira existe, se defiende por el hecho de venir del Presidente y por ser una mentira sincera. Las consultas a modo, el inmenso resguardo de información que debería ser transparente, el mejor aeropuerto del mundo que en realidad está vacío, el supuesto fin del huachicol, la megafarmacia que todo solucionó, Ayotzinapa, la seguridad y tranquilidad que aseguran se respira en el país.

En ese sentido, No fuimos Dinamarca, el artículo que publicó Peniley Ramírez el fin de semana sobre el desastre y las mentiras en salud, bastaría para convertirse en un escándalo con consecuencias legales. No va a suceder. La gente sabe que lo dicho por la periodista es verdad, pero ya da igual, estamos acostumbrados a la mentira. Aún más, conozco muchos que si llegaran a saber que lo que se publica es verdad, evitarían leerlo.

No, esto no es posverdad, es más grave. Esto ni siquiera necesita a Goebbels para repetir la mentira mil veces y convertirla en verdad. Con una vez dicha en la mañanera resulta suficiente. Esto es un desprecio a la verdad y un elogio a la mentira.

La mentira corrompe moralmente a la persona que la dice y habitúa al mentiroso a seguir mintiendo. Lo que sucede hoy en México es que eso está corrompiendo a los que a sabiendas la transigen y consienten.

No tengo nombre para bautizar esta nueva categoría que en México hemos inventado, aporto tan solo los sustantivos que hace años acompañaban algo parecido: cinismo y descaro. 


  • Ana María Olabuenaga
  • Maestra en Comunicación con Mención Honorífica por la Universidad Iberoamericana y cuenta con estudios en Letras e Historia Política de México por el ITAM. Autora del libro “Linchamientos Digitales”. Actualmente cursa el Doctorado en la Universidad Iberoamericana con un seguimiento a su investigación de Maestría. / Escribe todos los lunes su columna Bala de terciopelo
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