La verdad

Ciudad de México /

Dígame la verdad, no mienta. ¿Tuvo usted el fervor ciudadano de escuchar los discursos de cierre de precampaña de los tres candidatos a la Presidencia la semana pasada? Bueno, está bien, me excedí. Tres quizás es demasiado, uno de ellos recién llegó a la contienda y apenas está tratando de aflojar los tenis que le regalaron. Déjeme se lo replanteo: ¿Se echó completitos los discursos de las dos candidatas punteras? ¿No, verdad? No se sienta mal, eso le pasa a la mayoría de la gente: las personas prefieren escuchar lo que les gusta. Lo que no se contrapone a sus convicciones. De ahí que, en el mejor de los casos, la gente escuchó un pedazo del discurso de su favorita. ¿Quién soporta el concierto completo de un cantante o grupo que detesta? Las personas buscan razones para querer aún más lo que ya aprecian, para defenderlo, para darle soporte a la decisión que ya han tomado. Y, si acaso escuchan algún fragmento de la opción que aborrecen, es para encontrar elementos de sustento para odiarlo de manera más informada. Razón por la cual, al igual que en los informes de gobierno o en la mañanera, en los discursos de cierre, lo más relevante son las discusiones que se abren.

De eso se trató la semana pasada. Dar vuelta, subrayar, poner comillas y fundir en dorado o en color estiércol lo que se dijo. Extender hasta el límite el breve impacto de cada discurso. Sin embargo, lo cierto es que ya se acabaron. Esos discursos o, mejor dicho, lo que conecta, lo relevante de sus ideas, ahora se tiene que traducir a lenguaje de banqueta y presentarlo en versión digerible. Algo pequeño y contundente que a la gente se le antoje retomar y poner en el centro de la mesa con amigos y familiares. Ese proceso de hacer cercanos los conceptos es fundamental para motivar un posible voto.

En el caso de Claudia el trabajo es sencillo. A lo largo de la última década el Presidente se ha encargado de descartar, repetir o reforzar los pedazos de comunicación que mejor resonancia tienen con los electores, los “snacks de comunicación” que más gustan y, siendo que la campaña de Claudia es de continuidad, la labor es retomarlos y agregarles su firma. Relativamente sencillo.

El trabajo para Xóchitl es más complejo. Busca configurar un nuevo discurso, de ahí que haya lanzado muchas puntas o anzuelos para ver cuál conecta. Ya los tiene. Sabe que no recibirá ni remotamente la misma difusión de la candidata oficial. De ahí que tiene que ser más precisa. Entre Vida, Verdad y Libertad tiene que escoger uno que mande a los otros dos. Libertad nadie lo va a entender. Vida, en términos de seguridad, nadie lo va a creer, nos la sabemos, es la gran mentira transexenal. Verdad. Lo que queda es la verdad. Es cierto, la mentira en este gobierno ha sido una constante. Me dirá que todos los políticos mienten, pero esto es distinto. Se está creando un país de mentira. La megafarmacia no va a acabar con el desabasto. El AIFA no es el mejor aeropuerto del mundo. El huachicol no se acabó. Las vacunas gratuitas no protegen, están obsoletas.

Con ello, si le restamos las mentiras a la 4T, su aportación verdadera habrán sido los programas sociales. La elección entonces empieza por encontrar quién es capaz de generar la suficiente riqueza para seguir otorgándolos. Y en eso sí hay competencia. ¿Miento?.


  • Ana María Olabuenaga
  • Maestra en Comunicación con Mención Honorífica por la Universidad Iberoamericana y cuenta con estudios en Letras e Historia Política de México por el ITAM. Autora del libro “Linchamientos Digitales”. Actualmente cursa el Doctorado en la Universidad Iberoamericana con un seguimiento a su investigación de Maestría. / Escribe todos los lunes su columna Bala de terciopelo
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