La verdad verdadera del posdebate

Ciudad de México /

El primer debate lo ganó Claudia Sheinbaum y el segundo Xóchitl Gálvez. Ni de derecha ni de izquierda. Ni chayotera ni vendepatrias. Ni fifí ni chaira. Todas, aclaraciones pertinentes para evitar el etiquetado con sellos negros. No estoy midiendo lo que reditúa para darle el triunfo a una u otra, de entrada porque estoy segura de que quien vio ambos debates, en el fondo del estómago —que no en el fondo de su corazón— sabe que lo que digo es verdad. Uno lo ganó Claudia y otro Xóchitl. El hecho de que después, por afiliación se justifique un resultado distinto, es otra cosa. Lealtad, cálculo político, a final de cuentas, mentira. No sé si piadosa, pero sí mentira. De ahí que insista: el inicio de mi texto es verdad. No necesito encuestas ni nadie que me diga que tengo razón porque lo que digo es cierto. Y no, no piense que lo escribo para citar con nostalgia romántica aquello de George Orwell en el sentido de que en tiempos de engaño universal, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario, lo que escribo, lo escribo por hartazgo.

¿Por qué hoy? Porque estamos a 25 días de la elección. Cuatro domingos. Y aún hoy pienso que vamos a elegir por las razones equivocadas. O, por lo menos, esa es la conclusión a la que uno llega después de ser sujeto y víctima de las narrativas de posdebate de la semana pasada.

No digo que sea nuevo. La noticia es de quien la trabaja. El triunfo es de quien lo trabaja. Sin embargo, angustia pensar que ahora la verdad es también de quien la trabaja. Convengamos: es mentira que existan muchas verdades. La verdad es una. Podemos elegir no darle importancia, ignorarla, pero no se puede tener una individual y propia. Claudia ganó el primer debate y Xóchitl el segundo. ¿Y eso qué significa? Por lo pronto solo eso.

De entrada se dijo que había sido un lodazal, un pleito sin sentido, sin respeto y sin respiro. Mentira. Eso no fue verdad. Es cierto que hubo confrontación, tanta que convirtió al ejercicio en el más visto en la historia de los debates presidenciales, pero es precisamente eso lo que se busca, lo que supone debe ser un debate. Que se confronten y que la gente lo vea para tomar una decisión sensible y razonada.

El tema es ¿por qué se mintió tanto en el posdebate? Volvamos al principio: porque sabían la verdad: Xóchitl había ganado el debate. Y si Xóchitl había ganado por su combatividad, había que desacreditarla precisamente por eso. Así, dijeron que Xóchitl le había dicho narcocandidata a Claudia de la nada y que eso había bajado el nivel del debate. El problema es que eso no era verdad.

En principio todos sabíamos que el debate iba a ser complicado porque el Presidente le había exigido a Claudia defender su ejercicio de gobierno y para lograrlo, también todos lo sabemos, Claudia tendría que mentir. Xóchitl señaló esas mentiras hasta llegar a las acusaciones de corrupción contra Rocío Nahle a lo que Claudia le contestó que la corrupta era ella. Después de decirle corrupta un par de veces más, Xóchitl le dijo que en referencia al gobierno que representaba le tendría que decir que era una narcocandidata. ¿Bien? Quién sabe. Pero así fue y esa es la verdad.

La verdad es que Claudia ganó el primer debate, pero también es verdad que Xóchitl ganó el segundo. Por eso tienen que mentir. 


  • Ana María Olabuenaga
  • Maestra en Comunicación con Mención Honorífica por la Universidad Iberoamericana y cuenta con estudios en Letras e Historia Política de México por el ITAM. Autora del libro “Linchamientos Digitales”. Actualmente cursa el Doctorado en la Universidad Iberoamericana con un seguimiento a su investigación de Maestría. / Escribe todos los lunes su columna Bala de terciopelo
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