Presidenta

Ciudad de México /

Rompan todos los floreros. Eso fue lo primero que pensé cuando Yuriria Sierra me llamó por teléfono para invitarme a escribir una carta dirigida a la próxima presidenta de México. Más de 100 mujeres de todos los colores, corazones y conciencias escribiéndole a la primera presidenta de México lo que esperan o no esperan de ella. Un ejercicio plural que señala un hito, un hecho histórico y también uno simbólico: después de 200 años y aún antes de Estados Unidos o Canadá, esta será la primera mujer presidenta de nuestro país.

Por supuesto, le dije a Yuri. Les voy a pedir que rompan los floreros. Que resulte imposible volver a usar el mote que les pusieron a las mujeres de este sexenio: “florero”. Un exquisito y delicado insulto que, de alguna manera, nos daba a todas un toque de pieza decorativa. Arcilla vitrificada o, dicho de manera amable: porcelana adornando los anaqueles de la oficina de un solo hombre. Piezas de ornato de un supuesto logro: paridad de género. Digo supuesto porque sin la convicción de que eso nos pone a la altura del mundo, nos protege y dignifica, la paridad numérica no es suficiente.

Presidenta es un libro con voces diversas que por momentos se confrontan y de ahí su riqueza. Es, como dice Consuelo Sáizar, un testimonio polifónico e histórico para ser consultado de hoy en adelante: escuchar a todas, porque todas, las que escriben y las que no, tienen también una dimensión histórica, ser las contemporáneas de la primera presidenta de México.

“Apreciada presidenta”, usa como preámbulo Marcelina Bautista, líder de las personas trabajadoras del hogar, antes de pedirle a nuestra futura presidenta que no se olvide de ellas y el derecho a un trabajo digno. Y es que, como ella misma ha dicho, para que una mujer llegue a donde anhela, otra mujer como Marcelina se quedó cuidando la casa y  los niños. Los hijos, como los dos que le desaparecieron a Edith Pérez Rodríguez en 2012 y que desde entonces busca. Una activista que le pide a la próxima presidenta que su corazón maternal —así lo dice— logre empatizar con las familias separadas y aterrorizadas de tanta violencia.

Una presidenta entre 67 millones de mujeres que entienda que tener la batuta es un privilegio, pero también una responsabilidad como dice Alondra de la Parra. Que no gobierne solo para el 84 por ciento de los mexicanos, sino también para el restante 16 por ciento que vive con discapacidad, como escribe Bárbara Anderson. Que gobierne con respeto, sin polarizar y dividir como piden Leticia Bonifaz y Mariate Arnal y Guadalupe Loaeza y tantas, yo misma.

Una presidenta que repela la más masculina de las características del gobernante: la ambición del poder por el poder mismo, como dice nuestra ex candidata a la presidencia Cecilia Soto. ¡Pre-si-den-ta! ¡Pre-si-den-ta! repite Margarita Zavala, mientras muchas, yo incluida, exigimos mucho, esperamos todo. Y es que como dice Rossana Fuentes-Berain recordando una plática con su bellísima y talentosa madre Fernanda Villeli, una mujer no solo debe dar el 100, sino el 120 para que la dejen pasar. A lo que Gloria Trevi corrige: tres veces más. Eso es lo que se le pide a una mujer y eso es lo que necesita México.

Mientras yo solo tengo que agregar: que no se olvide de tirar las repisas, salvar las flores y quebrar todos los floreros.


  • Ana María Olabuenaga
  • Maestra en Comunicación con Mención Honorífica por la Universidad Iberoamericana y cuenta con estudios en Letras e Historia Política de México por el ITAM. Autora del libro “Linchamientos Digitales”. Actualmente cursa el Doctorado en la Universidad Iberoamericana con un seguimiento a su investigación de Maestría. / Escribe todos los lunes su columna Bala de terciopelo
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