El feminicidio no es un acto de amor

Los derechos hoy

Arturo Zaldívar

Arturo Zaldívar
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El pasado 30 de junio, en una entrevista transmitida por radio UNAM, el entonces director del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad protagonizó un crudo episodio de violencia de género: “Yo he pensado mucho que los feminicidios son finalmente un acto de amor, porque la tortura, la cercenación, la huella sobre el cadáver es una pasión del alma”. Para sorpresa de nadie, el investigador manifestó que “nunca” se ha declarado “feminista ni aliado”, pues le parecen “términos absolutamente banales”; y expresó su hartazgo con el hecho de que a los varones “se les infrinja, se les someta a pedir perdón. Ya no lo aguantamos también. Hay una masculinidad diluida por toda esta violencia de género”.

Estas afirmaciones provienen de un académico de nuestra máxima casa de estudios con doctorado en historia del arte, titularidad de tiempo completo, y diversos patrocinios y reconocimientos. Sus palabras hacen patente, una vez más, una cultura arraigada de misoginia y violencia sexista; un machismo tóxico y resentido que impera en el pensamiento de muchos hombres y que se disemina desde posiciones de liderazgo. Una cultura que se alimenta de expresiones como ésta, que pretenden no solo justificar la violencia, sino enaltecerla, ennoblecerla, hacerla parte de la condición humana.

Romantizar la violencia de género es particularmente atroz en un país en el que el feminicidio arrebata la vida a más de diez mujeres diariamente, de las que cuatro mueren de forma violenta a manos de su pareja, la mayoría de las veces en un contexto de violencia familiar. Romantizar la violencia es condenar a las mujeres a ser por siempre un simple objeto del deseo de los hombres. Una pertenencia de la que pueden disponer a placer. Es dar por sentado un orden natural de las cosas al cual las mujeres no deberían oponerse, porque hacerlo resultaría vulgar, impropio de la naturaleza frágil y sumisa que les corresponde en ese retorcido imaginario.

Por otra parte, el discurso misógino contribuye a reforzar una imagen de masculinidad tóxica que exalta ciertos rasgos asociados tradicionalmente con los hombres, como la agresión física o la falta de control. Normaliza la visión de un hombre violento, sin límites, que no tiene que pedir perdón ni permiso para acercarse a la mujer, para tocarla, para hostigarla o para violarla. Una visión indulgente con los peores rasgos de la masculinidad, que se cultiva y se propaga entre pares, y que hace imposible que permeen las ideas de respeto básico y de igualdad entre hombres y mujeres, porque se teme que diluyan esa violencia y agresividad que se perciben como un valor o como una virtud.

Lo cierto es que el lenguaje misógino mata. Si queremos erradicar las muertes violentas, la trata con fines de explotación sexual y trabajo forzoso, las desapariciones forzadas, las agresiones de todo tipo, es igualmente importante condenar las expresiones que normalizan la violencia machista, e imponer consecuencias cuando se difundan desde posiciones de liderazgo, pues aun cuando no se trate de voces mayoritarias, su permanencia refuerza una cultura sexista que muchos hombres mantienen en secreto, y que se convierte en el caldo de cultivo perfecto para la violencia de diversas intensidades contra la mujer.

El amor no tiene nada que ver con la violencia. Disfrazar la violencia de amor legitima las relaciones abusivas, valida el machismo tóxico y perpetúa la situación de marginación sistemática y estructural contra la mujer. Confrontar los prejuicios y luchar contra la cultura de violencia de género que da lugar a los feminicidios es responsabilidad de todas y de todos. Cada vez es algo más urgente y apremiante.

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