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Violencia y desacralización de lo religioso

Bernardo Barranco

Hoy lunes comparto con investigadores, autoridades y actores religiosos el papel de la Iglesias ante la devastadora violencia en Veracruz. Participo en un foro titulado: Papel de la religión en el contexto de violencia en Veracruz. La primera constatación ante el ascenso del crimen organizado y la violencia en todo el país, es el fracaso no solo del Estado sino de las propias Iglesias. En especial la Iglesia católica. Han naufragado por no saber trasmitir valores morales contenidos en los libros sagrados. Incluso han padecido la violencia, en no pocos casos, con dosis de ensañamiento hacia los pastores, sacerdotes y agentes pastorales. Ser ministro de culto en México se ha convertido en un oficio de muy alto riesgo. Los actores religiosos victimados siguen la ruta de la impunidad, el no esclarecimiento cabal de los hechos y la lasitud institucional. Con vergüenza, nuestro país se destaca por ser el sitio donde más se asesina a integrantes de las diversas Iglesias. Con datos del Centro Católico Multimedia, tan solo en el sexenio de Peña Nieto asesinaron a 28 clérigos católicos y en los últimos 25 años han sido asesinados cerca de 60 sacerdotes católicos. No existen cifras en la Iglesias evangélicas y suponemos que también han sido alcanzadas. Se denomina la desacralización de la función evangélica y magisterial de la Iglesias. Es la desolemnización de las cosas sagradas y el vaciamiento del sentido mistérico de la práctica religiosa. Hay un proceso de deterioro de la imagen de las propias Iglesias, aún más, cuando son acusadas de pederastia clerical. La gran crisis que sufre la Iglesia católica en la sociedad contemporánea es que las cosas que debían ser sagradas en sí mismas no son percibidas como tal por los fieles –y, en algunos casos, por la propia jerarquía–, esto es, se ha profanizado lo sagrado incluso dentro de los propios actores religiosos. La conducta más política y hasta disipada de actores religiosos como la tuvo el cardenal Norberto Rivera y ahora el pastor pentecostal Arturo Farela, contribuyen a una percepción mundanizada del ministerio sacerdotal. Los asesinatos de curas nos indican la desacralización de la función sacerdotal, la pérdida de sentido divino y, por tanto, el vaciamiento de su contenido simbólico.

Ante el llamado deterioro del tejido social y la convocatoria a las Iglesias para su reconstrucción que la 4T plantea, se deberían considerar estas tendencias. La violencia y la religión tienen aristas muy complejas que merecen ser analizadas detenidamente.

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