El asalto a la razón

Atinó en renunciar y venirse a México

Carlos Marín

El asilo mexicano a Evo Morales motiva en lectores inquietudes como estas: ¿por qué no se le trajo a México en avión de línea convencional en lugar de uno militar? ¿Se le dará protección especial cuando al Presidente mexicano "lo cuida el pueblo"? ¿Hasta cuándo "vamos a mantener" a un mal ex presidente "que ni nos va ni nos viene"?

Primero que nada, me alegra un gesto que refrenda la reconocida política exterior que hizo de México la casa de miles de exiliados españoles y latinoamericanos o, en lo individual, de personajes universales tan prominentes como León Trotski.

Más allá de simpatías y/o afinidades ideológicas y políticas entre Andrés Manuel López Obrador y Evo Morales, el cobijo a éste constituye un acierto por la simple razón de que su vida y la de sus dos o tres colaboradores corrían peligro en Bolivia.

Hace 40 años José López Portillo, por una razón semejante, dio refugio al sha de Irán, Mohamed Reza Pahlevi, aunque de transportarlo desde Nassau (junto con su esposa, un hijo, seis achichincles y dos perritos) se ocupó Bancomer utilizando una aeronave propiedad del banco.

Evo Morales tuvo un comportamiento decoroso en sus primeros dos periodos presidenciales... con los que se engolosinó y cometió la impudicia de pretender perpetuarse.

Con él, Bolivia logró indudables avances económicos y sociales poniendo en el centro el combate a la corrupción que, sin embargo, sigue corroyendo a la sociedad boliviana.

López Obrador se precipitó al felicitarlo inmediatamente después de su más reciente y fraudulento intento por mantenerse el cargo.

Su mérito es haber sido el primer presidente indígena de su país, pero lo echó por la borda al asomar aspiraciones mucho más monárquicas o caciquiles que democráticas y republicanas.

En 14 años le dio a su nación estabilidad económica, sobre todo a partir de 2006, con la nacionalización de los hidrocarburos y la buena suerte de que los precios del petróleo tuvieron un alza sin precedente. Con un crecimiento de casi 5 por ciento, la economía de Bolivia fue la más estable de Sudamérica y la pobreza extrema se redujo de 38 a 17 por ciento.

Sus opositores le achacan haber desmantelado las instituciones públicas y los poderes del Estado, así como de haber desnaturalizado la democracia mediante la corrupción abierta de amplios sectores sociales y pueblos indígenas a partir de dádivas.

Lo negativo de su gestión le pesó más que lo positivo: hace tres años perdió un amañado referéndum para continuar en la Presidencia, pero el Tribunal Constitucional que se había echado a la bolsa lo alcahueteó, permitiéndole postularse indefinidamente dizque porque tal era o es, digan lo que digan las leyes bolivianas, “su derecho humano”.

Entre los populistas, demagogos y tiranuelos del continente, Evo me cayó siempre muy bien, lástima que se enviciara con el canijo poder, pero debe reconocérsele que ante el baño de sangre que se cernía sobre su país optó por el daño menor de su propio, aunque cómodo, “sacrificio”.

cmarin@milenio.com

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