El asalto a la razón

La gran ausente de ayer

Carlos Marín

Según entiendo, ninguna información medular debe ser ocultada por un subordinado a su jefe, algo que imagino impensable en instituciones clave del Estado como el Ejército y la Marina Armada. Por eso no comprendo que el general responsable del desfile conmemorativo del 16 de septiembre en Ciudad de México, al rendir su parte, informara al comandante supremo de las Fuerzas Armadas, el Presidente de la República, que la parada había transcurrido "sin novedad", pese a que un paracaidista naval se había estampado contra el piso de la calle Corregidora, al costado sur de Palacio Nacional, con traumatismo craneoencefálico y heridas que lo pusieron al borde de la muerte.

La noche anterior vi la ceremonia de El Grito. Le salió muy bien a López Obrador, sobre todo ante la expectación que provocó el anuncio de que haría 20 arengas para los "¡Viva!", pero casi todas sus menciones merecieron vítores. La excepción, en mi elemental criterio, fue la alusión a los "pueblos indígenas", porque subraya una diferencia que debe desaparecer entre los integrantes de más de medio centenar de etnias (alrededor de 12 millones de personas) y el resto de los mexicanos (como 108 millones más).

¿Por qué no vitorear a las poblaciones mestiza (mayoría en el país), afroamericana o criolla?

Mucho me sorprendió que el grueso de la naciente Guardia Nacional, de mando civil, abriera de facto un desfile tradicionalmente militar. Y tengo presente que en los últimos años del neoliberalismo desfilaba también la Policía Federal, reconocida y honrada para participar en tan especial recorrido, pero solo después de haberse consolidado, demostrado su eficiencia y ganarse el respeto público, lo cual está por verse con la ensalada a medio preparar de la nueva corporación.

De muy mal gusto me pareció ver a viejitas, viejitos y a ex ninis “construyendo el futuro” prestarse a ser acarreados y aplaudidos porque reciben ayuda del gobierno. Extrañé, finalmente, que no hubiera despliegue de servidores tan admirados como los heroicos bomberos.

Volví a reparar en la ausencia de la Policía Federal, condenada a desaparecer por la cuarta transformación, y recordé la protesta que protagonizó el viernes un grupo nutrido de agentes en las inmediaciones del Aeropuerto Internacional.

No sobra tomar en cuenta que a los inconformes les sobran razones para estar indignados y que no son los activistas más visibles en el bloqueo de avenidas los únicos que no aceptan que se les asignen actividades distintas a la que venían desempeñando, y menos a que se les desconozcan los derechos adquiridos: hay otros siete mil 500, cuando menos, que han recurrido al amparo judicial.

La digresión empata con el recordatorio de la independencia y el desfile de ayer porque la Policía Federal fue la gran ausente. De no haber sido calumniada y desmantelada, bien pudo ser la columna vertebral de la Guardia Nacional o sus restos marchar ayer, aunque que fuese a la cola...

cmarin@milenio.com

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