Don Benito Juárez

Ciudad de México /

Benito Juárez nació el 21 de marzo de 1806 en San Pablo Guelatao, un poblado al sur de la Sierra de Ixtlán. A los tres años quedó huérfano de padre y madre, y a los doce huyó del hogar de su tío Bernardino para marchar a pie hasta la ciudad de Oaxaca, donde llegó por la noche en busca de su hermana, que vivía en la casa de Antonio Maza. Benito hablaba sólo zapoteco. Estuvo dedicado por un tiempo al cuidado de la grana, hasta que conoció a quien le permitió vivir en el mundo de los blancos: Antonio Salanueva. “Era un hombre piadoso y muy honrado que ejercía el oficio de encuadernador y empastador de libros”, recordaría Benito. “Me recibió en su casa ofreciendo mandarme a la escuela para que aprendiese a leer y a escribir. De este modo quedé establecido en Oaxaca”. Ingresó al Seminario de Oaxaca; continuó sus estudios, contra el deseo de su protector, en el Instituto de Ciencias y Artes.

Al salir del instituto con el grado de bachiller, Juárez asumió los cargos de regidor de la ciudad, diputado en la legislatura del estado y ministro de la Corte de Justicia de Oaxaca. No desconoció la cárcel. Entre 1841 y 1844 fue juez y fiscal del tribunal de justicia del estado, y también, por un tiempo, secretario de Gobierno con el general Antonio de León. En 1846 marchó hacia la capital del país como diputado por Oaxaca al Congreso General, donde votó la ley que ordenó hipotecar los bienes del clero para ayudar a la defensa del territorio invadido por los Yankees. Volvió a su tierra, asumió el gobierno de Oaxaca en 1855 y, en 1857, regresó a la Ciudad de México, donde después asumió la Presidencia.

Así lo recuerda uno de sus contemporáneos: “No fue nunca un orador, sino un pensador, y cuando hablaba exponía con brevedad y claridad, porque quería ser comprendido, y no aplaudido; porque trataba de convencer, y no de alucinar. Sus ideas no nacían en la explosión que deslumbra, pero que es efímera; sino que se formaban por cristalización, que es lo que tiene solidez y perdura”. Juárez era un hombre muy sobrio: “Se levantaba al amanecer y tomaba un baño de agua fría, tanto en verano como en invierno; hacía un ligero ejercicio, y después se entregaba a sus labores, despachando sin precipitación, pero con constancia”. Solía dormir la siesta. “Era sumamente aseado en su cuerpo y en su traje. Vistió con severidad, siempre de negro. Era afable en su trato, gustaba oír conversar a las personas de ingenio; nunca reía, pero celebraba con una sonrisa las buenas ocurrencias”. Tenía una enorme memoria. “Su rostro era naturalmente severo, sin llegar a la dureza; su mirada fija, sin que jamás revelase lo que pasaba en su interior”. Sus comidas eran sencillas y parcas, aunque con los años empezó a beber.

Sus colaboradores más cercanos lo veían de modo similar. “Ni su erudición, ni su inteligencia, eran de primer orden. Su gran mérito, mérito verdaderamente excepcional, estribaba en las excelsas prendas de su carácter” (José María Iglesias). “Con una instrucción escasa e imperfecta, él suplía estos defectos con una percepción recta y con un juicio reflexivo y sólido” (Ignacio Manuel Altamirano). “Sólo tenía confianza en su voluntad” (Justo Sierra). Fue polémico y polarizador en vida; hoy es una figura que nos une a todos.


  • Carlos Tello Díaz
  • Narrador, ensayista y cronista. Estudió Filosofía y Letras en el Balliol College de la Universidad de Oxford, y Relaciones Internacionales en el Trinity College de la Universidad de Cambridge. Ha sido investigador y profesor en las universidades de Cambridge (1998), Harvard (2000) y La Sorbona. Obtuvo el Egerton Prize 1979 y la Medalla Alonso de León al Mérito Histórico. Premio Mazatlán de Literatura 2016 por Porfirio Díaz, su vida y su tiempo / Escribe todos los miércoles jueves su columna Carta de viaje
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