Los prometeos

Ciudad de México /
Es domingo, un día de tedio, de calma, de labores cotidianas para abandonarse. Michelle Rosales

Hoy llueve, aunque hace mucho calor. Es un día zen.

Leo en Le Monde sobre Bernard-Henri Levy, fino millonario de izquierda que viaja a zonas de guerra en su avión privado para conocer de primera mano lo que sucede. Después escribe largos y apasionados ensayos filosóficos cuestionando las hegemo-

nías mundiales.

Leo Viviendo con un Delfín, libro de Margaret Howe donde la autora retrata las relaciones íntimas entre una mujer (ella) y

un delfín.

Leo a John Berger, insistiendo en su nuevo libro en que la tiranía mundial de hoy se caracteriza por no tener rostro. No vemos la cara de un Hitler o de un Stalin. La tiranía se muestra a través de historias locales cuyo esquema de influencia es circular. Berger —para imaginar la distancia entre ricos y pobres del siglo XXI— recurre a la imagen de un abismo en el que todo aquel que intenta cruzarlo acaba volando, hecho jirones.

Leo un pésimo relato que escribí en 2010. El narrador de la historia es un perro burgués, de los que viven en la Condesa de la Ciudad de México.

Leo un largo mail que llegó anoche. Gira sobre un pueblo en una colina de Chiapas, en el que estuve hace años. El pueblo ahora es un barrio que se llama La Hormiga. Sé que ahí, de manera cifrada, se encierra una historia por ocurrir.

Leo una nota olvidada en mi cuaderno después de visitar una fábrica de rebozos, mientras hacía una investigación sobre La Familia Michoacana:

“Para que las mujeres se los cuelguen al hombro, como si fueran abrazos largos, este rebozo verde y este negro, pedacitos de cielo aparecidos entre telares, son bordados por un hombre barrigón, corpulento, con las manos grandes y fuerte como toro. Se llama Cristóbal y sonríe con timidez mientras hace su trabajo, al igual que otros bordadores de la fábrica de rebozos de La Piedad, Michoacán, con la que me he topado por accidente, tal y como a veces uno se entera de las cosas de la vida que valen la pena. Gracias a ciertos accidentes podemos recordar que el mundo está bien hecho. Pocos son los ruines”.

Leo de nuevo mi relato donde el narrador es un perro de la Condesa y me doy cuenta de que dentro del relato hay otro relato: el de dos muchachos de Monterrey, Nuevo León, que sueñan con ir a Colombia en busca de un cantante vallenato cuyo nombre no mencionan, aunque, por las características descritas, se parece a Diómedes Díaz. Uno de ellos se llama Olaf y el otro León.

No se clavaron con las drogas, como los demás de su barrio, ni se volvieron una letra concluyente del abecedario regiomontano, porque el vallenato es la neta. El músico que les enseñó a tocar se llama Joaquín Hurtado. Les fascina la canción “Mentiras”.

Buscan dinero para largarse de Monterrey. Son meseros del café Nuevo Brasil, vendedores de chile piquín en La Terminal, trabajan en la ferretería La Palma de San Nicolás de los Garza y meserean en la Expo Ganadera de Guadalupe. También tocan en camiones de la ruta República y van a protestas pagados por el narco.

Cuando viajan al DF, ponen de moda el vallenato en la calle Orizaba de la colonia Roma. Se relacionan con la fresada. Un policía judicial se obsesiona con ellos, los acosa y los protege: una especie de amor enfermo. Al llegar a Colombia no encuentran al cantante que buscaban al principio, pero se enamoran de la misma chava: una mesera de Cali que había trabajado en un restaurante de la avenida Roosevelt, en Queens. Uno de los dos, al final de todo, se vuelve zen, el otro se casa con la chica colombiana de aires neoyorquinos.

Leo a Manuel Rojas y me perturba saber que nunca pudo pensar como pudiera haberlo hecho un metro, línea tras línea, centímetro tras centímetro, hasta llegar a cientos o a mil. Siempre saltaba de un hecho a otro y así empezaba a surgir, desde el fondo de sí mismo, lo que quería decir.

Es domingo: libretas de apuntes vaciándose, lámpara para leer en forma de tulipán, público de sombras, tedio y calma fluorescentes. Luego nada. Así como hay días de barricadas, hay días de tareas cotidianas. Días para vivir al sesgo de la sociedad. (Engañosamente sesgados, como pueden ser los días primaverales).

Recuerdo que como reportero empecé escribiendo de personas despreciadas por el poder: jubilados a los que les robaban sus tierras para construir centros comerciales, padres de estudiantes asesinados por la policía local, empleados gubernamentales de bajo rango despedidos por no prestarse a corrupción en sus oficinas, empleadas domésticas acosadas sexualmente por sus patrones, braceros esperando recuperar su dinero arrebatado por el gobierno, ecologistas defendiendo un parque perdido de la ciudad, una religiosa que denunciaba los maltratos a los presos, una organización civil organizando a los deudores bancarios para no perder sus casas...

Los disidentes, esos hombres y mujeres son los que cambian las cosas. Ellos no tienen que esperar a que haya un proceso electoral para hacer lo que hay que hacer.

También me tocó reportear a poderosos. A los que hacían negocios con sus cargos en el gobierno de Nuevo León o en la Universidad Autónoma de Nuevo León. Y que siguen por ahí: robando a diestra y siniestra. Que siguen enturbiando cuánto tocan. Los enemigos reales de la democracia. Los enemigos de todos son ellos. No los que han resistido ignominia tras ignominia: los prometeos. 


Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.