La fuerza que jamás se rendirá

Ciudad de México /

A Xóchitl Gálvez y a millones de mexicanos amantes de la libertad.

Al quedar atrás la campaña electoral los ciudadanos debemos mirar hacia el futuro, superando la rijosidad disruptiva y envenenada; pero la mirada a esa línea imaginaria, llamada horizonte, no implicará desconocer la realidad de lo acontecido ni el terreno que pisamos, porque no estamos sobre roca firme sino en un lodazal maloliente. Nadie puede tomar un buen camino si no sabe en dónde está.

Distingamos los conceptos para no errar en el análisis y en las decisiones a tomar, pues se suele confundir el “proceso electoral” con “la jornada electoral”. Es erróneo calificar el reciente proceso comicial atendiendo sólo a lo que se dio el día de las elecciones.

Las evidencias señalan que la jornada del 2 de junio fue, en lo general, legal y pacífica, donde se contaron debidamente los votos, y los fraudes denunciados no modificarían sustancialmente el resultado final. Fueron enormes las diferencias de sufragios entre los competidores presidenciales.

Sin embargo, las mismas evidencias (que fueron del dominio público) dicen lo contrario del proceso electoral, pues estuvo saturado de violaciones permanentes y graves a la Constitución y a las leyes de la materia. Vivimos más que un ominoso retroceso de 30 años en nuestra vida democrática: fue peor que en los tiempos ya idos del priáto; padecimos nuevamente una elección de Estado, porque el Ejecutivo federal no se dedicó a gobernar desde el primer día de su mandato sino a ganar la sucesión, y lo logró disponiendo sin límites de los recursos públicos para favorecer a su pandilla, para agredir a opositores y para hacer de los pobres su leva electoral, amenazados por un ejército de mapaches (llamados “siervos de la nación”); lo logró embaucando a amplios sectores de la población, actuando como falso mesías al frente de su organización criminal, sembrando odio y cizaña, mofándose de las 50 condenas que temblorosamente le hicieron llegar las autoridades electorales; lo logró dejando el territorio nacional al crimen organizado, que asesinó a docenas de competidores, que hizo renunciar a cientos más, que impuso candidatos y decidió muchas contiendas. En un país civilizado a eso se le llamaría orgía sangrienta perpetrada por pelafustanes, pero aquí muchos lo consideran: “triunfo democrático, rotundo e inapelable”.

Ahora viene lo prometido: el asalto al Poder Judicial y la destrucción de órganos autónomos, que vigilan y limitan al poder político. Entramos a una dictadura de la peor laya: inepta, trasnochada, resentida y voraz.

También propiciaron esta tragedia la calaña de algunos liderazgos opositores y los casi 40 millones de apátridas que, al no votar, le dieron la espalda a México; pero hay una formidable fuerza social muy agraviada que jamás se rendirá.


  • Diego Fernández de Cevallos
  • Abogado y político mexicano, miembro del Partido Acción Nacional, se ha desempeñado como diputado federal, senador de la República y candidato a la Presidencia de México en 1994. / Escribe todos los lunes su columna Sin rodeos
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