“Duelo de karma en 'Antígona'”

Ciudad de México /

Una de las posibles lecturas de la Antígona de Sófocles consistiría en una especie de duelo de karma entre los dos antagonistas, convencidos cada cual en un inicio de poseer la razón: por un lado Antígona desafía el edicto del rey Creonte, según el cual no se debe dar sepultura a su hermano Polinices, para dejar que su cadáver se pudra y sea comido por los perros. Y precisamente Creonte considera que actúa de manera justa al condenar a Antígona a morir siendo enterrada viva en una caverna a causa de haber contravenido su decreto. 

La joven acepta su destino convencida de estar haciendo lo correcto y seguir un designio superior al edicto del tirano, por ejemplo cuando exclama: “¿Qué derecho de los dioses he transgredido?” Y otro punto esencial a considerar en su decisión es que era la prometida de Hemón, el hijo de Creonte, con lo que no sólo desafía al rey sino a su futuro suegro, y con el acto que la condena a morir renuncia a una vida cómoda y lujosa como miembro de la realeza tebana. Es decir que Antígona no se deja chantajear ni por los vínculos sanguíneos ni por la vida cómoda y prefiere el ostracismo y la muerte, recordando igualmente a esa famosa sentencia proferida por Polonio en Hamlet: “Por sobre todas las cosas: sé fiel a tu verdadera persona”.

En cambio a Creonte lo mueve el deseo de venganza y la crueldad, e incluso en algún momento intenta persuadir a su hijo Hemón de que Antígona sería una “mala esposa” que le daría en casa un “frío abrazo”, profiriendo una máxima que más bien termina estando referida a sí mismo conforme se pronuncia el desenlace trágico de la obra: “¿Qué mayor desgracia podría haber que un pariente malvado?” 

Y si bien se trata de un choque entre dos férreas voluntades, mientras que a Antígona la mueve la piedad de dar sepultura al cadáver expuesto, a lo largo de toda la obra Creonte se mueve bajo la paranoia y la sospecha (“¡Ay! Es terrible, ciertamente, para quien tiene una sospecha, que le resulte falsa”, le dice uno de los guardianes cuando lo acusa falsamente de haberse vendido para proteger la identidad de quien enterró el cadáver de Polinices). Y la soberbia del rey llega incluso al extremo de acusar también al adivino Tiresias de haberse igualmente vendido cuando intenta revelarle la verdad de lo que habrá de ocurrirle, con lo cual termina de sellar su destino trágico, pues incluso cuando intenta recapacitar sobre sus actos, es ya demasiado tarde. 

Así que si bien como corresponde con las tragedias nadie en realidad se salva de la desgracia extrema, el karma acumulado por los antagonistas se refleja claramente en el arquetipo con el que trascendieron el paso de los siglos. Pues principalmente Antígona ha pasado a la historia mitológica como emblema de la fidelidad a sí misma y a lo que considera el proceder correcto, estando dispuesta a afrontar no sólo un cruel castigo que en última instancia habrá de conducirla a la muerte, sino renunciando a la vida que le correspondía, y todo por actuar según los dictados de su conciencia.

Y en cambio Creonte representa la tiranía y la crueldad, y pese a sus incesantes intentos por calumniar y manipular a todo el mundo con tal de salirse con la suya, el “pariente malvado” al que hace referencia termina por ser él mismo, al arrastrar en su infortunio tanto a su hijo como a su mujer. Y ni siquiera le es dada la muerte que anhela como escape pues, como le advierte en algún punto el Coro: “No supliques nada ahora. Cuando la desgracia está marcada por el destino, no existe liberación posible para los mortales”. 


  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
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