El humor como “vacuna psíquica”

Ciudad de México /

Es más o menos una realidad aceptada de la época que a partir de los cambios en el discurso cultural de las últimas décadas, el humor se ha visto seriamente perjudicado, entre varias razones porque la literalidad de la enorme mayoría de las interpretaciones contemporáneas lo vuelve inmediatamente de una manera u otra, ofensivo. En sentido estricto, incluso el chiste más inocente contendría un cierto grado de estereotipación de los personajes, pues por lo general para que el humor funcione debe descansar en un arquetipo reconocible, y a menudo son sus contradicciones las que se prestarían a lo que comúnmente se entiende (o se entendía) como algo gracioso. 

Pero en el mundo de lo literal y de la frenética búsqueda de elementos que puedan ser causa para la indignación, el humor cede paso al temor a las consecuencias de pretender reír de situaciones trágicas, o tragicómicas, y el infortunio se expresa ahora más bien principalmente como crónica del sufrimiento. Imaginemos lo que pasaría en la actualidad por ejemplo con un programa como El Chavo del 8, si se analizaran en un registro literal algunos de sus elementos constitutivos, como el hecho de que el Chavo vive en un barril, que anhela con todas sus fuerzas una torta de jamón, etcétera. Probablemente un programa tal no duraría hoy ni dos episodios antes de que la ola de indignación produjera su cancelación, disculpas públicas que suscitarían aún más indignación, etcétera, etcétera.

Por otra parte, en un texto titulado “Mickey Mouse”, Walter Benjamin explica que el cine amplió “el reconocimiento de las determinaciones que rigen nuestra existencia”, pues mostró los infinitos matices de espacios que podían parecer rutinarios, como las tabernas o las oficinas, y tanto con los close-ups como la cámara lenta, aportó incluso modificaciones en la percepción del espacio y el tiempo. Y más allá de la experiencia estética, a su parecer este proceso tiene también otro tipo de consecuencias sociales: “Cuando uno se da cuenta de las peligrosas tensiones que la tecnificación y sus secuelas han generado en las grandes masas —tensiones que en estadios críticos adoptan un carácter psicótico—, se llega al reconocimiento de que esta misma tecnificación ha creado la posibilidad de una ‘vacuna psíquica’ contra tales psicosis masivas mediante determinadas películas en las que un desarrollo forzado de fantasías sádicas o alucinaciones masoquistas es capaz de impedir su natural maduración peligrosa entre las masas. La carcajada colectiva representa un estallido anticipado y bienhechor de psicosis colectivas de este tipo”.

Así que según la perspectiva de Benjamin, tanto el humor como incluso un cierto tipo de violencia representados simbólicamente en el cine (y creo que esto es válido para la televisión y cualquier otra forma de entretenimiento masivo) desempeñarían una función social de descarga/sublimación, como una especie de válvula de olla exprés que permita desfogar emociones que de otra forma permanecerían reprimidas. Se desprende así que la función de la sátira no necesariamente es la de burlarse como tal, ni la de la violencia la de engendrar violencia. Habría que analizar por ejemplo la relación contemporánea entre la caída del humor y el pronunciado incremento de la ira, pues quizá precisamente el primero serviría como dique para suavizar la incesante expresión de la segunda. Y también quizá haya que resignificar el enorme peso simbólico y cultural de los memes como “vacuna psíquica”, al ser uno de los pocos espacios donde se permite aún la expresión de la ironía y el humor negro. 


  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
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