Existe una parábola oriental donde un discípulo le pide a su maestro que le enseñe a volar y la respuesta es que es un asunto muy complicado de enseñar, que el discípulo lo debe aprender por su cuenta. Se marcha atribulado a intentar entrenarse en dicho arte y vuelve en numerosas ocasiones donde el maestro, recibiendo siempre la misma respuesta. Tras años de meditación, entrenamiento y disciplina, e innumerables esfuerzos fallidos por volar, el discípulo experimenta una calma desconocida y siente que su espíritu flota por el mundo. Cuando se apresura para ir a comunicárselo al maestro, este se ha marchado, y simplemente le ha dejado una nota indicando que ahora que sabía que nadie debía enseñarle a volar, estaba listo para hacerlo por su cuenta.
Es una sensación similar a la del discípulo de la parábola la de ser desde hace ya algunas décadas aficionado a la Selección Mexicana de futbol. Y la llegada de cada Mundial se asemeja a la prueba periódica que vive el discípulo, sólo que en este caso el acto de volar consiste en el ya trágicamente famoso quinto partido (que ahora técnicamente será el sexto, por la ampliación de equipos y de una ronda eliminatoria tras la fase de grupos). Quienes hemos seguido a la selección desde el Mundial de México 86 recordamos bien el aspecto trágico que frustró cada uno de los intentos por volar en cada Mundial, conformando una particular mitología del “ya merito” (gran término acuñado por Rodrigo Márquez Tizano): en el de 86 fue un gol inexplicablemente anulado en el tiempo extra contra Alemania; a Italia 90 no se asistió por el tema de los cachirules, cuando hubiera sido el mejor momento de Hugo Sánchez; en Estados Unidos 94 Mejía Barón decidió no meter a Hugo en el tiempo extra contra Bulgaria, ni tampoco a cobrar penales; en Francia 98, cuando se le ganaba 1-0 a la misma Alemania hubo un fatídico poste que evitó el 2-0 que hubiera liquidado a los teutones; en Japón-Corea 2002, en la ardorosa derrota contra los odiados gringos, hubo igualmente una mano flagrante en un tiro de esquina que debió ser penal y roja; en Alemania 2006 se tuvo la mala fortuna de perder con el golazo de último minuto de Maxi Rodríguez, cuando se había dado un gran partido contra Argentina; en 2014 fue el trágico “no fue penal”, también en el último minuto de otro partidazo contra Holanda; y así le podríamos seguramente rascar para encontrar en cada caso elementos trágicos a los que los directores técnicos de sofá achacamos cada nuevo intento fallido por alcanzar esa etapa de los mundiales, los cuartos de final, que únicamente en los dos torneos en casa se ha logrado.
Pero si lo consideramos desde un aspecto más espiritual, sin duda las dificultades implícitas en ser aficionado de la Selección Mexicana nos han ofrecido, como al discípulo de la parábola, la posibilidad de adquirir una templanza espiritual con la que aficionados de selecciones como España, Argentina o Francia jamás podrían siquiera soñar. Y quizá en este nuevo Mundial en casa, al que además se llega con un equipo altamente cuestionado, represente la oportunidad perfecta para que ahora que precisamente ninguna voz experta o teóricamente autorizada albergue grandes expectativas sobre las posibilidades de México, sea la ocasión en la que, al estar desprendidos del peso de las expectativas, se logre alcanzar al menos la fase que nos ha eludido durante ya 40 años. Pues además otro rasgo indudable de la afición a la Selección Mexicana es que en lo más hondo de nuestro ser, así no nos atrevamos a expresarlo públicamente, estamos absolutamente convencidos de que esta vez sí será la buena.