'Pobres criaturas'

Ciudad de México /

(Spoiler alert: se revelan elementos

cruciales del desarrollo y desenlace

de la película Pobres criaturas)

Una de las películas que más revuelo ha ocasionado en tiempos recientes es Pobres criaturas, de Yorgos Lanthimos. Claramente, la película se la lleva la genial actuación de Emma Stone en el papel de Bella, la criatura formada a la Frankenstein a partir del cuerpo de una bella joven que decidió suicidarse y el cerebro de un recién nacido. Así, pese a las comparaciones con la obra clásica de Mary Shelley, aquí la premisa es un poco inversa, pues no sólo no existe la monstruosidad física que define al engendro de Frankenstein, sino que la conciencia de éste es moldeada por el rechazo y las agresiones que recibe al salir al mundo. En cambio Bella crece sobreprotegida en una especie de jardín de Buda, y es justamente hasta que sale al mundo cuando conoce y experimenta el lado placentero y oscuro del mismo.

En casi todas las encendidas opiniones que ha suscitado la película, el sexo desenfrenado y amoral (que no inmoral) por parte de Bella es lo que principalmente atrae la atención, pero a mi parecer no necesariamente es lo más interesante del relato. A partir de la implantación de un cerebro por desarrollarse va implícito un aprendizaje y desarrollo moral de la protagonista, sumamente guiado por los impulsos, como correspondería con su inicial carácter infantil, y es sobre todo su nefasto amante quien sufre las consecuencias de la racional amoralidad de Bella. Misma que la lleva incluso a prostituirse para procurarse dinero, y también como muestra de la frialdad absoluta con la que considera al acto sexual, desprovisto de cualquier tipo de sentimentalismo o noción de amor romántico.

El problema en todo caso es que la amoralidad de Bella es algo inconsistente, curiosamente muy a tono con los actuales tiempos, pues más bien lo que termina siendo es sumamente narcisista, incluso en su altruismo, ya que cuando la horroriza la miseria su solución no se trata tanto de ayudar a los otros, como de su conciencia de sí misma de estarlos ayudando (cuando entrega el dinero que le roba a su amante no da seguimiento a ver si llegó a su destino o hizo alguna diferencia, pues le basta con la autocomplacencia de haber hecho un buen acto, es decir, que está referido a sí misma). Esto es metafóricamente muy similar a lo que sucede con el activismo de redes sociales, donde el tuit de indignación o proclama que exige la libertad de todos evidentemente no produce cambio alguno en el mundo, pero sí permite a quien lo escribe exhibirse como una persona empática, preocupada, etcétera, así ninguna de esas características se traslade a la vida real.

Y ya avanzada la película, cuando Bella es ya sumamente inteligente, cultivada, etcétera, la supuesta racionalidad extrema es más bien instrumentalismo, pues si teóricamente la película muestra que sí le guarda afecto a su creador/padre, lo puede igualmente en un parpadeo abandonar cuando se encuentra moribundo, y todo con tal de satisfacer un nuevo impulso de curiosidad para estar con su “antiguo” esposo, alguien que hasta ese momento era un total desconocido.

Muy a tono con el tema de la película, es como si a un filme de época se le hubiera trasplantado la actual compulsión a expresar y actuar las emociones en todo momento, esperando la gratificación inmediata siempre referida a uno mismo. Se trata en todo caso de la libertad de la dopamina para buscar siempre ser satisfecha, y quizá por eso un personaje plenamente dedicado a ello resuena tanto con nuestra época.


  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
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