Intersticios

¿Quién es la morsa?

Eduardo Rabasa

Hay una escena en The Big Lebowski en donde “the Dude” está en el boliche con sus amigos, reflexionando sobre el complicado caso de secuestro en el que se ha inmiscuido, e intenta acordarse de una frase de Lenin que recuerda como “Buscas a la persona que se beneficia y…”, sin conseguir completar el resto. Donnie entiende “Lennon” en lugar de “Lenin” y repite varias veces “Yo soy la morsa”, en relación a la canción de los Beatles. El enredo lo concluye un exasperado Walter al gritarle a Donnie que se calle, pues la referencia es a Lenin. Después intenta trazar una conexión entre el caso del secuestro y la guerra de Vietnam, y la salida narrativa al sinsentido es la irrupción del personaje de Jesus Quintana, quien los increpa de cara a su próximo encuentro en el torneo de boliche.

Me parece que esta escena funciona como gran alegoría para el actual desconcierto político. Prácticamente cada día aparece un nuevo escándalo, un dicho desafortunado o lo que parecieran incontables formas de degradar el discurso y la actividad política hacia el ridículo, por no mencionar ya siquiera la inanidad de las propuestas y eslóganes de campaña (un candidato a la alcaldía de Coyoacán se promueve como “Gerardoacán”: ¡genios del marketing político!). Con el desdibujamiento de la orientación ideológica de los partidos, ya prácticamente nadie podría decir quién se sitúa en qué costado del espectro, fenómeno que se acrecienta con el interminable salto hacia el partido que ofrezca una candidatura, o la idea de que la visibilidad de alguien por haber sido futbolista, cantante o reina de belleza se trasladará a un triunfo electoral. Y como los votantes deben elegir entre lo que pareciera ser un carrusel de impresentables, la situación se asemeja más a la de los aficionados al futbol que siguen a su equipo sin importar lo que suceda, con lo que la participación política (y la discusión en las redes) es más un acto de adscripción a un emblema o a un dogma, sin importar los escándalos que continúen apareciendo. El sinsentido deviene la norma y no existe forma racional de reencauzar la discusión.

Y si nos hiciéramos la pregunta que se hace el personaje del Dude, de quién se beneficia de esta situación de degradación de la política, creo que indudablemente quien gana con este teatro del ridículo es la clase política misma. Si todas las siglas incurren en los mismos escándalos, mentiras, doble moral para juzgar la corrupción propia como distinta que la ajena, desinformación deliberada, tildar de fake news todo aquello que pareciera contravenir al propio proyecto político, se produce una especie de nivelación hacia abajo donde en el fondo no se espera ya gran cosa de la casta gobernante. Quizá, para lo que valga, se puede al menos no amplificar en los propios espacios este carnaval de lo grotesco, pues cada pirueta mental para normalizar o defender lo inadmisible juega directamente a favor de una casta política sin mayor escrúpulo que la obtención de cargos públicos, y el imperio del sinsentido es una inmejorable cortina de humo para desviar la atención de la acuciante realidad.

Eduardo Rabasa


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