Una realidad aparte

Ciudad de México /

Imaginemos que en la pasada final de la Champions League, al caer el silbatazo final, los jugadores del equipo derrotado, el Borussia Dortmund, comenzaran también a correr y abrazarse festejando la victoria. Que luego acudieran con sus seguidores a continuar celebrando el triunfo y realizaran publicaciones en sus redes sociales proclamándose campeones. Es de suponer que, técnicamente, no habría nada que les impidiera una conducta tal, y probablemente el golpe de realidad vendría al momento en que las autoridades deportivas hicieran entrega oficial del trofeo al equipo que según las reglas había realmente anotado los goles que lo coronaban como campeón. En este ejercicio de imaginación: ¿cómo pasarían de pronto los falsos campeones a asumir su derrota? ¿Borrarían las publicaciones en redes donde se atribuían el triunfo o las dejarían ahí como testimonio de su delirio? ¿Qué dirían si se les confrontara posteriormente con los videos donde a sabiendas de que habían perdido se entregaban a una psicosis temporal para negarlo?

Esto que es absolutamente absurdo en un ámbito como el deportivo, es más o menos la norma en el ámbito político, incluso en un evento de la magnitud como una elección presidencial. ¿Cómo coexiste bajo cualquier definición más o menos cuerda de lo que puede ser la realidad, que frente a toda la evidencia estadística que apunta a lo contrario, una candidata continúe tuiteando que los votos están ahí y quieren esconderlos, que mienten al decir que ganaron, y una hora después se defina como demócrata ejemplar que sabe reconocer su derrota, para al día siguiente anunciar que impugnará una derrota por más de 30 puntos? Es como si la actual realidad política exigiera un cierto grado de esquizofrenia para poderla asimilar, y su funcionamiento dependiera de la aceptación de lo que en cualquier otro ámbito sería una inverosímil transgresión de los códigos compartidos de la realidad, o del sentido común.

Pues una de las principales enseñanzas de Orwell es que el totalitarismo es principalmente un estado mental, que aunque ha encarnado en regímenes concretos como los que le tocó presenciar durante el siglo pasado, puede estar igualmente presente en las cabezas de amplios sectores dentro de sociedades que no cuenten en los hechos con ninguno de los rasgos asociados al totalitarismo, como escribió en su brillante ensayo, “La prevención de la literatura”: “Una sociedad totalitaria que se perpetuara exitosamente probablemente montaría un sistema de pensamiento esquizofrénico, en donde las leyes del sentido común resultaran válidas en la vida cotidiana y en ciertas ciencias exactas, pero pudieran ser desestimadas por los políticos, historiadores y sociólogos. Existen ya innumerables personas que considerarían escandaloso falsificar un libro de texto científico, pero que no verían nada de malo en falsificar un hecho histórico.”

Pues la deliberada distorsión de la realidad no se limita a los políticos profesionales, sino que vemos intelectuales avejentados hacer berrinches en cadena nacional, clamando por un fraude del que no hay ninguna evidencia. O mesas de análisis de personajes de alto perfil que consideran falso un triunfo, puesto que les comentaron que en Madrid y en París el sentido del voto era otro. O la afamada politóloga que proclama la muerte de la democracia con un aplauso estruendoso, con gif de Star Wars incluido, pues al parecer la verdadera democracia sólo existe cuando gana la opción favorecida por la élite intelectual. ¿Y estos son los autoproclamados líderes de opinión?

De lo que no queda duda es que parecerían habitar, parafraseando a Carlos Castaneda, en una realidad aparte. 


  • Eduardo Rabasa
  • osmodiarlampio@gmail.com
  • Escritor, traductor y editor, es el director fundador de la editorial Sexto Piso, autor de la novela La suma de los ceros. Publica todos los martes su columna Intersticios.
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