Crónica

Joven, madura o viejecita

Emiliano Pérez Cruz

En el barrio ya se ven, dentro de los escaparates: de la farmacia, la cristalería, la tienda de ropa, en la dulcería y hasta en algunas tiendas de abarrotes, ya se ven los regalos para las cabecitas blancas del hogar, las jefas de familia, las meras-meras petateras que se fajan día tras día con los quehaceres domésticos, a las que agregan actividades que les proporcionen un ingreso extra, porque la realidad está solo para la sobrevivencia, la existencia en el solo por hoy donde —por decenios— la gente se ha acostumbrado a pasarla, sobándose el lomo en el trabajo que caiga a cambio de un miserable salario, porque aunque por las mañanas se estigmatice al neoliberalismo, ahí seguimos y que cada quien se rasque como pueda para que no falte algo para engañar al hambre en los cantones.

—No falta quien dice: estábamos mejor cuando estábamos pior. Según la preferencia política de cada quien, el país mejora o empeora —dice cincuentón Matías, que en su triciclo surte a domicilio garrafones con agua purificada. —Yo ni opino: de todos modos todos piden agua.

Se siente lo duro y lo tupido. Lo dice la gente en el mercado, que como la Patita de Cri Cri va por las cosas del mandado, y lo proclaman Trini, la del estanquillo, y el morrongo de la carnicería, el don de la pollería, y no se diga el de las tortillas, cuyo precio en algunas zonas del país las ha vuelto artículos de lujo. Y aléguele al ampayer:

—Ya se resiente una situación no fácil para la gente —dice Romel el carnicero. —La gente se aprieta el cinturón y con la pandemia muchos han caído en la miseria: yo me chingué 34 mil pesos de pura consultas y medicamentos. Y un mes aislado, sin trabajar, sin ingresos. Quienes no han tenido moneda para atenderse son los que ya descansan en paz, desgraciadamente.

Cierto. Por si fuera poco, al chahuixtle se le agregó el persistente covid, y han sobrevivido aquellos que recurrieron al endeudamiento o rompieron el cochinito del ahorro para enfrentar los daños ocasionados por la pandemia, empobreciendo aún más hogares ya de suyo instalados en la precariedad.

—¿A quién recurres cuando te cae la desgracia? Pues a la familia, hasta donde alcance. Y luego a los santos de tu devoción, porque no hay solidaridad eterna —agrega Romel. —Aunque quisieran: cada quien tiene sus obligaciones y compromisos. Aplica el dicho de nuestras abuelas: lo siento pero que coman  mis dientes, aunque no coman mis parientes. Es una triste realidad.

Y por si no bastara, en la capital del país se agrega la tragedia que significó la caída de los vagones de la Línea 12 del Metro, la Línea Dorada que enlutó varios hogares y sacó a flote señalamientos de corrupción en el equipo que ahora gobierna el país y antes la Ciudad de México.

Pese a todo, la celebración del Día de las Madres ya viene, ya está aquí, aunque en las escuelas, ¿será on line? Mientras, la chiquillada se ejercita en el consumo y ha ido abonando en el comercio de su preferencia el detalle con el que materializará su afecto a la doñita: joven, madura o viejecita: su mamacita. 


Emiliano Pérez Cruz*

* Escritor. Cronista de Neza

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