Crónica

Por qué a mí, Dios mío: por qué

Emiliano Pérez Cruz

Allá muy de vez en cuando recuerda que fue niño en un páramo donde apenas si veía una casita por aquí, otro cuartito por allá, uno al que le decían el edificio: abandonada construcción de dos plantas, en la imaginación infantil poblada por alimañas, vampiros y fantasmas.

Era un caserío en apariencia desperdigado sin ton ni son, al que en los años 60 del siglo XX le pegó el sarampión. En su familia, la mamá los aisló para que evitaran complicaciones a la salud: males gastrointestinales, en los oídos, en las vías respiratorias…

Y los puso a dieta, para que los alimentos, de suyo escasos y malnutrientes, “no les cayeran de peso”. La alimentación se redujo a tortillas de maíz tostadas al comal y sopa de frijoles molidos y colados, para evitar el empacho y en consecuencia los indignantes lavados estomacales.

Nada de juegos fuera de la habitación de cuatro por cuatro metros, sin repellar y con piso rústico, de cemento… Ahí dormían el joven matrimonio y los tres primeros hijos. En febrero loco, marzo otro poco, las ventoleras provocaban tolvaneras y remolinos que orillaban a encerrarse durante el día cubriendo, con tiras de papel, las rendijas en puertas y ventanas para impedir el paso del polvo.

Contra el aburrimiento, la mamá les permitió jugar con su ropa y transvestirse. Además, los dotó con historietas y libros de cuentos, para que echaran a volar la imaginación, y el papá —por las noches y después de la cena— les contaba historias de su vida campirana, plagada de brujas, aparecidos, ahorcados que pendían de un mezquite, bolas de fuego que por las noches rebotaban por las brechas y guardarrayas de los ejidos.

—Y nada de salir hasta que se cumpla la cuarentena —advertía la mamá.

Sobrevivimos. Asistimos a velorios de angelitos vestidos de blanco, degustamos café de olla endulzado con piloncillo y mordisqueamos el lujo del pan de dulce: conchas, ladrillos, piedras, corbatas, churros. Acompañamos a los dolientes en procesión y vimos cómo las paletadas de tierra cubrían el pequeño féretro mientras la madre del difuntito aullaba de dolor, se jalaba las greñas y preguntaba:

—¿Por qué a mí, Dios mío, por qué: por qué me castigas de esta manera?

Sesenta años después, 2020, en el diario reporte noticioso las cifras de víctimas del coronavirus ascienden en cuanto a casos confirmados, negativos, sospechosos de infección y fallecidos. Por la noche, en el barrio, el escaso ajetreo desaparece. Durante el día pasaron el distribuidor de tanques de gas, el camión de agua embotellada, el panadero con el pan, las jaletinas, la pipa del agua que abastece a las cisternas domiciliarias. También el vendedor de jabón y cloro y aromatizantes para el hogar, la oficina, el taller.

La presidencia municipal anunció que no se han presentado casos positivos del covid-19, y recomendó no hacer compras de pánico, hacerle el gasto a los comercios locales, cumplir con las medidas de prevención, reforzar su sistema inmunológico e informarse por medios de confianza. En Cdmx, dice una amiguis, cierran los bares; y concluye: estamos totalmente perdidos, la vida no vale nada.

No, por aquí no se ha sabido de alguien que haya enfermado. En el mercado, las marchantes atienden como si nada. Uno que otro usa cubrebocas y guantes. No ha cundido el pánico. A los estudiantes de todos los niveles les suspendieron clases del 23 de marzo al 19 de abril. Eventos y reuniones de 100 personas o más se cancelaron.

En el barrio parece que la cuarentena ocasionada por el coronavirus pasa desapercibida, no cala. Pero las familias la resienten, porque escasea el trabajo. El transporte público permite viajar con desahogo hasta el Metro Pantitlán: a las huestes laborales que duermen al oriente profundo de la ciudad les bajó el empleo. Los vendedores de tortas, desayunos en bolsita, jugos de naranja, lo resienten. Los empujones desaparecieron, la algarabía disminuyó.

En el transporte público —peceros y chimecos— los pasajeros actúan como de costumbre, ensimismados, dormitando o charlando con sus acompañantes. Las tortillerías y mercados aledaños del vecindario mantienen su ritmo habitual de ventas. Las compras de pánico son privilegio de los privilegiados. Nada parece indicar que el coronavirus amenaza.

Se tiene claro que los más expuestos somos aquellos que sobrepasamos los 60 años de edad. Pero no se advierten acciones especiales, el trato familiar continúa como de costumbre y se ve a los vecinos de la tercera edad barriendo la banqueta, poniendo agua a las plantas o chismeando.

No obstante, las noticias causan inquietud: nuestro continente es ya uno de los principales focos de coronavirus, advierten funcionarios gubernamentales. EU es nuevo epicentro de la pandemia. Eso escama. También que se pida permanecer en casa, cuando no se tiene un ingreso fijo garantizado por un trabajo permanente: el que no trabaja no come, así que hay que mover el trasero.

Los trabajadores eventuales, sus familias, pagan el pato: ¿a ellos quién les brinda un salario, si las fuentes de empleo disminuyen o cierran?

 Los pequeños y medianos empresarios advierten: el país enfrenta una crisis de desempleo por el coronavirus; la pandemia ocasiona caída en ventas y las pequeñas y medianas empresas solo tienen solvencia para pagar el salario de sus trabajadores por tres quincenas. Es necesario evitar el desempleo o nos exponemos a estallidos sociales.

La hermana enfermera es tajante: no salgas, no te expongas, que los abuelos como tú son población en alto riesgo. Contrasta con la actitud del Presidente de la República, que no suspendía sus giras propagandísticas:

—El pueblo está hecho para resistir adversidades y salir adelante —afirmó; mientras, la prensa insiste que el sector informal de la economía, que da empleo a la mitad de la población ocupada, es el más afectado. A él pertenecen Paquito y su chalán, el Mugres, ahora sentados en la esquina de la tintorería, viendo pasar el día:

—Hoy empezábamos a enyesar, pero el don suspendió para no quedarse sin lana. Mientras, ¿mi familia y yo de dónde comemos, sin poderoso caballero


* Escritor. Cronista de Neza

OPINIONES MÁS VISTAS