Y así, día con día

Crónica

Emiliano Pérez Cruz

Emiliano Pérez Cruz
/

Fidelia jala una silla y se sienta ante la taza de café. Es casi media noche y todos duermen. Solo el fiel Ñoño, bola de pelos, ronronea a sus pies. Ella confirmó que la jaula de los canarios tuviera la funda, para protegerlos de las corrientes de aire. Dejó enfriar las sopas del perro antes de servirlas al animal. Ahora aspira tranquila y se frota los ojos. Da un pequeño sorbo, el cansancio la vence, pero el café es para ella un sedante y además lo disfruta.

El silencio impera. No piensa, tiene la mente en blanco Fidelia. Comenzó temprano su jornada, despachó al marido, encaminó rumbo a la escuela a los tres chiquillos, sus nietos (“y nomás traen malas calificaciones y se las arreglan con su padre, a mí nomás me ven la cara de su pentonta”), cogió la bolsa del mandado y se fue a la plaza para hacerse de frutas y verduras, más baratas los jueves por ser día de tianguis.

Alimentó a la lavadora para luego disponerse a levantar la casa, “está hecha un mugrero: avientan los calcetines a los rincones, donde se quitan los calzones ahí los dejan: incapaces de echarlos al tambo de la ropa sucia: no entienden estos hombres, caramba”.

Se da tiempo para prepararse y desayunar unos huevos fritos revueltos con frijoles. Y un pan de dulce, su debilidad, aunque el médico le insiste en bajar de peso:

A sus años una subida de presión es peligrosa. Atiéndase, no se deje al abandono.

“No se deje”, refunfuña: “como si el quehacer se hiciera solo, como si la comida solita se sazonara, como si la plancha pensara en desarrugar y pusiera manos a la obra. A sus años… Bah. Apenas cincuenta”.

Mira el reloj. Casi es la hora del recreo, coge la bolsa donde depositó la torta de huevo con jamón y se apresura para llegar al kínder donde su nieta la espera pegada a las rejas para recibir su almuerzo.

—Toma esto, para que te compres un jugo. Pórtate bien, a la salida nos vemos, te compro una paleta de limón, ¿va?

—Va, abue. Te regalo un dibujo que te hice.

—Ay sí, me gustan mucho tus garabatos. Ándale, vete a jugar o se acaba el recreo…

Por la tarde se enteró del fallecimiento de Coquito, la vendedora de chicles y pepitas. Su vecina rondaba los 90 años y el corazón se detuvo. Quedó sentaba junto a su puesto, a la entrada de la vecindad. Pensaban que estaba dormida, hasta uno de sus bisnietos la llamó a comer y la movió para que despertara, pero ella se empeñó en seguir durmiendo.

“Por fin descansa en santa paz Coquito. Ya sus reumas y juanetes dejarán de molestarle. Se le cumplió el deseo de primero enterrar a su marido, ¿si no quién lo atendería, tan inútil para las cosas de la casa, el pobre? Como el mío. Ni un bistec asado puede hacer, el inútil”.

En la noche le gusta el café tibio, apenas quebrantado. Libera los pies y levanta los zapatos para examinarlos. Las suelas están muy adelgazadas. “Pero mañana estreno las chanclas que me chacharié”.

—Ay, esos animales ya comenzaron, hasta los pelos se me erizan con su maullidos. Es el calor que los trae en brama. Lo bueno es que mi viejo ya se durmió, antes que se le alborote la hormona… y una tan cansada. Los hombres no tienen llenadera. Y así se va la vida: día con día…

Echa llave a la cerradura y apaga las luces. 

Emiliano Pérez Cruz*

* Escritor. cronista de Neza


OPINIONES MÁS VISTAS