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El hombre en la torre (2)

Fernando Fabio Sánchez

Mi habitación, en la torre es, relativamente, pequeña. 

Un observador en la distancia percibe una ventana diminuta y una pared de poco tamaño en la que está incrustada; un grano perdido e insignificante en la estructura entera, dimensionada por los árboles, los silos gigantes y otros edificios alrededor.

Pero la habitación es, en realidad, inmensa. 

Mi cuerpo, sentado en la silla, frente a la mesa, escribiendo, está separado de las paredes y, cada vez, estoy yo más adentro de mí.

Los cuatro muros de ladrillo, desnudos, se hallan tan lejos, quizá como ese observador en la distancia que ve la ventana como un punto y la pared como una serie de ellos.

Soy carne, materia orgánica; y el muro, polvo, mineral, hidratos que el fuego reveló en piedra.

Soy una murmuración, un lenguaje de cuatro letras en cadena, enroscándose en el núcleo de las células, compartido con peces, árboles, reptiles, cada ser que lleva vida.

Y en el fondo, átomos, un sistema planetario de partículas; y, más al fondo —como el muro— vibración, cuerdas, tan espectral como un sonido.

Me encuentro encajado en el aire, sostenido por un suelo con apariencia de la solidez, con la ilusión de límites en el espacio.

Aunque yo, por una razón inexplicable, sé que soy una conciencia de estar siendo; el muro, indefenso a las fuerzas externas, no.

Al pensar, sé que soy, pero no puedo transferir esa conciencia. Existir depende en exclusiva, en tal caso, de que afirme que soy yo. Soy mi único testigo.

Para existir, sin embargo, necesito que otro, que no soy yo, me observe. No hay existencia, en efecto, sin otra conciencia que la observe. 

¿Qué haría el último ser humano en la absoluta soledad del fin de los tiempos? ¿Existiría el universo si nadie lo contempla?

De la misma manera, es preciso que, para yo existir, me vea como un otro, que exprese una afirmación en tercera persona, que mis ojos interiores se vuelvan una cámara que observa desde un punto.

Soy, de esta manera, también, un extraño que habita este cuarto intangible que soy yo.

Albert Einstein, al final de su vida, dijo: “La exagerada estimación en la que se sostiene el trabajo de mi vida me avergüenza. 

No puedo evitar el pensamiento de que soy un impostor involuntario”.

Ese otro, como implica Einstein, es un extraño que hace las cosas por uno, como inadvertidamente y nunca se puede aprehender ni comprender.

Y es que ese otro, esa fabricación de existir, está hecho de materiales preexistentes, de otro lenguaje, otra programación, un eco del ADN venido, tiempo tras tiempo, de lo(s) otro(s).

Esta carne no es carne, sino idea, historias, palabras que existieron antes que yo. Mi hechura, la manera en que pienso, las palabras que pronuncio, son del mundo ajeno que me dio el ser.

Nunca somos lo que pensamos ser. Todos somos Einstein.

Ley número 2. Todos, como Einstein, somos un impostor.

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