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Historia de una lectura: Bola de Sebo (5)

Fernando Fabio Sánchez

Pasó el tercer día, y llegó el cuarto. Hasta que el oficial no mordiera la manzanita ni disfrutara de las carnes abundantes de Bola de Sebo, ninguno de los pasajeros de la diligencia podía avanzar.

—No podemos envejecer aquí. ¿No es el oficio de la moza complacer a todos los hombres? ¿Cómo se permite rechazar a uno? —dijo la señora Loiseau, esposa del corrupto comerciante de vinos.

—Habría que entregarla atada de pies y manos —dijo el esposo.

Pero el conde, fruto de tres abuelos diplomáticos, era partidario de la astucia y propuso convencer a Bola de Sebo. Seducirla.

Se pusieron en posición de comité y en voz baja afinaron ideas. A la hora de la comida, se comportaron muy amables con su víctima.

Conversaron sobre la idea del sacrificio, la manera en que mujeres como Cleopatra y Lucrecia consiguieron rendir a hombres fuertes por medio de su encanto, y las admiraban porque habían vencido a su enemigo con caricias.

Pero Bola de Sebo dijo: —¡Jamás consentiré a eso!

Los aliados entonces le pidieron a una de las monjas que hablara de aquellos santos que habían realizado actos criminales para los ojos humanos, pero que eran apetecidos por la voluntad divina.

La segunda monja, que habían pensado tímida y quien tenía el rostro acribillado por cicatrices de viruela como un soldado que había visto explotar una bomba, sorpresivamente hizo una gran contribución a la causa.

Dijo que las mujeres de su orden ayudaban a los soldados en desgracia, que eso iban a hacer en El Havre, y ahora el capricho de un oficial enemigo provocaría que cientos de soldados franceses perecieran en el hospital, faltos de auxilio.

Bola de Sebo escuchaba en silencio. Así terminó ese día.

A la mañana siguiente, la condesa propuso que todos salieran de paseo por la tarde. El conde se quedó rezagado con Bola de Sebo, a quien llevaba del brazo.

El conde conversaba con galantería, inclusive usaba la ternura si la frase así lo exigía. Siempre era “el conde”, razonable y atento.

—No seas tirana; permite al infeliz que se vanaglorie de haber gozado a una criatura como no debe haberla en su país —le dijo.

Ella no ofreció palabras y fue a unirse con el grupo de señoras. 

En la posada la esperaban para la cena, mas el señor Follenvie vino a decir que la señora Elizabeth se encontraba indispuesta, que no la esperaran.

El conde se acercó al posadero y le preguntó en silencio: —¿Ya está? —y el posadero respondió que sí.

El conde no preguntó más porque su decoro se lo impedía, pero Loiseau no pudo contenerse y dijo en voz alta:

—Convido champaña para celebrarlo.

Empezaron a ponerse alegres. Los esposos hablaban de las esposas de los otros con un deseo ahora permitido. De pronto alguien dijo: —¡Silencio!

Luego escenificaron una comedia. Pobrecita, decían. Prusiano asqueroso, repetían.

—¡Con tal de que volvamos a verla y no la haga morir el miserable! —dijo el vulgar Loiseau, y se reían.

Esa noche dijeron otras bromas de mal gusto que divirtieron a quienes las toleraban y a nadie de ellos indignaron.

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