Oportunidades perdidas: 1970-2024

Ciudad de México /

México no ha tenido una década de crecimiento económico alto y sostenido desde 1970, pero su población se duplicó, creció más de 70 millones desde entonces.

Hubo en el camino dos ciclos de abundancia petrolera. Uno en los años ochenta del siglo pasado, otro en la primera década del siglo XXI.

Las rentas de ambos ciclos han sido calculadas en seis veces y media el monto del plan Marshall que permitió reconstruir la Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial. No bastó para modernizar México.

Una revolución de terciopelo, hecha de reformas graduales y transiciones pactadas, convirtió la descompuesta hegemonía política priista en una prometedora primavera democrática.

Los mexicanos descubrimos poco a poco, sin embargo, que la nuestra era una democracia sin demócratas.

Del fondo de las costumbres políticas de la nación, más que de las leyes vigentes, surgió un régimen de partidos que acabó siendo una red de complicidades y clientelas cuya especialidad fue encarecer las elecciones y llevar a ellas ríos de dinero ilegal, pues para ganar había que satisfacer cada vez mayores cuotas de corrupción de gobiernos y partidos.

En lugar del presidencialismo abusivo de la era del PRI, la democracia dio paso a un gobierno federal débil y a una colección de gobiernos locales fallidos.

Durante los años de la democracia tuvimos los gobiernos estatales más ricos, más autónomos y más legítimos electoralmente de nuestra historia, pero también los más irresponsables, los más ineficaces y los más corruptos.

Fueron, en realidad, remedos de gobiernos, pues ni cobraban impuestos ni aplicaban la ley.

La guerra contra las drogas y el crimen organizado, lejos de contener la violencia y el crimen, los multiplicó, sumiendo al país en una espiral de sangre.

El cambio estratégico mayor de estos años, la integración comercial con América del Norte, no arrastró al resto de la economía, que produce multimillonarios de clase mundial pero no salarios dignos de una clase media decente. La riqueza generada por la parte moderna de la economía, paradójicamente, multiplicó nuestra desigualdad.

México está lejos de ser el país próspero, equitativo y democrático que soñó mi generación. Hemos corrompido la democracia, multiplicado la inseguridad, precarizado los salarios, profundizado las desigualdades.

(Mañana: El eterno país inacabado).


  • Héctor Aguilar Camín
  • hector.aguilarcamin@milenio.com
  • Escritor, historiador, director de la Revista Nexos, publica Día con día en Milenio de lunes a viernes
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