Día con día

Simetría de una tarde de julio

Héctor Aguilar Camín

La realidad es experta en símbolos y en simetrías.

La tarde del 10 de julio de 2021, durante la revisión editorial de un texto, leí la cita que hacía el historiador Mauricio Tenorio, uno de los talentos históricos de México, verdadero cronopio de su generación, sobre un estudio de su amigo, también historiador original, Luis Fernando Granados Salinas.

En un libro que está a punto de salir, anticipaba Tenorio, Granados ha restituido la verdad bibliográfica y editorial de lo que conocemos como “Cartas de relación” de Hernán Cortés.

El resultado es fascinante, pues no hay un original escrito por Cortés de aquellas cartas y la primera de ellas ni siquiera fue escrita por él.

Luis Fernando Granados Salinas murió el mismo sábado 10 de julio de que hablo, muy prematuramente, a los 42 años, de un cáncer que se llevó, según quienes lo conocieron, entre ellos el mismo Mauricio Tenorio, a uno de los grandes autores de la ciencia histórica de México.

Escribo con reticencia la fórmula “ciencia histórica”, porque la palabra ciencia debe usarse en rigor para las ciencias duras, “exactas”, como las matemáticas , la física o la biología, y no para el menú de las llamadas ciencias sociales, más bien “aproximativas”, como la sociología, la filosofía o, en el último escalón, la historia. Puedo decir, sin embargo, que hay historiadores cuyo rigor en el cumplimiento de las reglas de su oficio los acerca al espíritu de las ciencias duras.

Luis Fernando Granados era un historiador de esa estirpe, hasta la pedantería si era necesario, pero nunca hacia la trivialidad.

Lo digo porque en estos días me he acercado a sus libros, en particular a su exigente y microscópica mirada sobre el “alzamiento ocurrido en la Ciudad de México, el 14, 15 y 16 de septiembre de 1847”. Es decir, los días de la ocupación de la ciudad por las tropas estadunidenses.

Tan enigmática como exactamente, el libro se titula Sueñan las piedras ( Ed. Era/Conaculta/Inah,2003), aludiendo al hecho de que los “alzados” de aquellos días tenían sobre todo piedras que tirarles a los soldados ocupantes. No mucho más. Podían soñar con una resistencia, no ejercerla.


Héctor Aguilar Camín

hector.aguilarcamin@milenio.com


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