Melancolía de la Resistencia

Los perdedores

Jordi Soler

“Son nuestras miserias comunes las que orientan nuestro corazón hacia la humanidad”, escribió Jean-Jacques Rousseau.

Nuestras miserias nos orientan, y nos hermanan con los demás, porque son más abundantes que nuestras virtudes.

La civilización nace y se consolida a partir de las miserias subsanadas, lo cual nos invita a reivindicarlas como el abono del cambio y a pensar que nuestras miserias no son solamente malas.

En el siglo XXI los perdedores corren la misma suerte que las miserias: abundan, pero nadie se quiere enterar de su existencia. Basta una vuelta por la Red para darnos cuenta de que lo único que interesa es la gente exitosa y las historias de éxito; no importa que el éxito sea efímero, inventado o ridículo.

Quién tiene éxito ha sido en algún momento un perdedor y la población de perdedores es infinitamente mayor que la de gente exitosa.

Aunque lo normal es ser un perdedor, nadie quiere serlo; perder está penalizado socialmente en este siglo. Hoy ser un perdedor es como ser un leproso en el siglo XIX. Abusemos de la analogía y digamos, considerando el número de perdedores que hay en el planeta, que hoy todos tenemos lepra, excepto esa minoría de exitosos saludables que se promocionan permanentemente en las pantallas.

¿Por qué nadie nos cuenta en un periódico o en un noticiario, con el bombo narrativo de las historias de éxito, la vida de un carnicero que fracasó y siguió fracasando hasta que se murió? Quizá de su fracaso, sordo y continuado, obtendríamos conclusiones más útiles, más aplicables a nuestra vida de perdedores, que de la historia de éxito de un deportista o del dueño de un emporio en Silicon Valley.

Igual que nuestras miserias, nuestras derrotas nos orientan y nos hermanan con los demás, pero en la mediosfera no gustan los perdedores, se nos escatima ese espejo que sería de gran utilidad. Por fortuna tenemos novelas y películas, obras de ficción protagonizadas por entrañables perdedores, que nos permiten comprender la realidad de eso que la realidad nos escatima.

Jordi Soler


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