Todo lo 'volvido'

Ciudad de México /
Jorge F. Hernández

Hace tiempo intenté justificar que volvido era un vocablo innato —propio de infancia— tan instantáneo como llorar morido en vez de muerto y asegurarle a un adulto que no cabo en un hueco donde creí que quepo. Volvido para celebrar que he vuelto cada vez que volvía de un Bosque en otro idioma para abrazar a toda mi familia, memorizar Guanajuato y comer todos los colores… y ahora me parece que la palabrita infantil contiene también olvido.

Para no olvidar jamás he volvido a caminar por las mismas calles floreadas en morado y abrazar afectos que se congelan en fotografías; he vuelto a saborear arroces de colores y frutas casi innombrables, paliacates que cuelgan de pantalones obreros y el inexplicable azoro ante la cantidad de gasolineras extranjeras en el país de la expropiación petrolera. Me marea la propensión de las pantallas por proyectar continuamente todos los homicidios y violencias, la nómina anónima de miles de muertos y la acostumbrada desidia funcional de funcionarios disfuncionales. No olvido las pequeñas bellezas con listones en las trenzas, las enaguas antiguas en marchantas infinitas, el ejército encorbatado de burócratas con portafolio, la inundación de telefonitos y motonetas, el neblumo como capelo para decorar la mugre de macaco, el argot cantadito, el estoicismo mecapalero y la trompa al pastor.

Banquetas que no aceras arrugadas por las raíces libres de árboles que reptan bajo el asfalto, todas las calles cableadas como bambalinas del gran teatro de la ciudad más grande del mundo, el Ángel que es Ángela y el solazo diario incluso en días gélidos donde llega de pronto la llovizna ácida y todo el ruido de todos los vehículos pesados posibles; sonrisas o carcajadas por todos lados y perros, miles de perros callejeros, muchos de pelo amarillo sucio y en la esquina, un organillero que mueve la manivela como dándole cuerda al tiempo, el implacable tiempo que avisa al volvido que ha de luchar contra el olvido, ese bosque de amnesia envuelto en niebla de siglos que parece aliviarlo todo —absolutamente todo— en las manos ahora alunaradas de mi madre que parece olvidar poco a poco todas las biografías que le salan ahora las pupilas, mientras alivia todo —absolutamente todo— con su sonrisa de siempre.


  • Jorge F. Hernández
  • Escritor, académico e historiador, ganó el Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández por Noche de ronda, y quedó finalista del Premio Alfaguara de Novela con La emperatriz de Lavapiés. Es autor también de Réquiem para un ángel, Un montón de piedras, Un bosque flotante y Cochabamba. Publica los jueves cada 15 días su columna Agua de azar.
Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.