¿Por Xóchitl? Ten cuidado con lo que deseas

Ciudad de México /
Alfredo San Juan

Si como es probable, usted pertenece al tercio más próspero de este país (tal es el caso de la mayoría de los lectores de periódicos) es posible que vote por Xóchitl Gálvez. Hay razones fundadas para concluir que el gobierno de la llamada Cuarta Transformación no fue lo más favorable para sus intereses inmediatos. Parecería, entonces, que el regreso a alguna versión mejorada del modelo anterior es preferible que los cambios intentados en este sexenio. Pensará, entonces, que votar por Xóchitl es la mejor opción para el grupo social del que forma parte y, por ende, para el país. Le sugiero pensarlo dos veces. Sufragar por Claudia Sheinbaum podría ser, paradójicamente, mucho más consecuente con sus propios intereses.

Supongamos por un momento que Carlos Slim tiene razón cuando asegura que López Obrador ofreció seis años más de estabilidad política a nuestro país, al dar salida a la inconformidad de las mayorías en 2018. México no está en riesgo de una explosión social de carácter insurgente ni mucho menos de una sublevación armada. No fue eso lo que conjuró la llegada de Morena a Palacio Nacional. Lo que evitó o, por lo menos, disminuyó, fue el impacto inmediato de la enorme fractura que se ha abierto entre sectores populares, por un lado, y gobernantes y élites del país, por el otro. La alternancia entre PAN y PRI parecía agotada, el modelo económico había producido prosperidad a las ramas económicas punta, a determinadas regiones del país, al 30 o 40 por ciento de los pisos del edificio social. Pero el poder adquisitivo de los de abajo había disminuido y regiones completas del sureste carecían de viabilidad económica, salvo como zonas de extracción de recursos y mano de obra. El riesgo para México no era la revolución sino la fragmentación en miles de pequeños estallidos de comunidades, grupos vecinales, gremios y sindicatos, dispuestos a paralizar su entorno frente a la incapacidad del sistema para resolver sus agravios.

Se me dirá que la 4T no ha resuelto esos agravios; quizá, pero la percepción de amplios sectores es que el gobierno ha comenzado a mirar en su dirección. Por vez primera sienten que llegó a Palacio Nacional una fuerza política que gobierna para ellos. ¿Qué pasa si súbitamente desaparece esa percepción?

¿Pura demagogia mañanera? No. Los números muestran que el ingreso de los de abajo creció con respecto al PIB, después de varias décadas de no hacerlo. Y no podría ser de otra manera, tras el incremento de más de 200 por ciento en el salario mínimo, el fin del abuso del outsourcing y la derrama social, entre otras cosas. ¿Insuficiente? Sin duda. ¿Desordenado y atrabancado? También.

No, no fue un régimen que estuvo volcado a los intereses de la mayoría de quien lee estas líneas. Lo que sí hizo fue comenzar a reparar la factura social y política, a los ojos de los de abajo, de un modelo que durante tres décadas benefició a los sectores prósperos. 

Y si quitamos la belicosidad verbal del Presidente, en realidad tampoco es que haya despojado de algo sustancial a los grupos acomodados. López Obrador intentó una fórmula peculiar para ayudar a los necesitados sin quitar a los de arriba. No hubo aumento de impuestos, ni expropiaciones o endeudamiento externo. El gobierno financió la derrama social esencialmente comiéndose a sí mismo, agotando la mucha o poca grasa que había acumulado. Y en efecto, puede no ser un gobierno más eficiente que el de antes, pero es percibido como más cercano por las grandes mayorías. El enorme reto que tendrá Claudia Sheinbaum consistirá en encontrar una viabilidad financiera a esta fórmula, pero al menos mantendrá el beneficio de la duda por parte de los sectores más exasperados y que por desgracia son más de la mitad.

Y justamente eso es lo que Xóchitl Gálvez no puede garantizar. Es decir, el riesgo de inestabilidad política y social es mayor con un triunfo de la oposición. Y no hay amenaza más severa en contra del ambiente productivo y de negocios que el efecto de una ingobernabilidad de algún tipo. O, dicho de otra manera, un triunfo de Claudia el próximo domingo no afectará la solidez del peso mexicano; no estoy seguro de que pueda decirse lo mismo en el caso de Xóchitl. Lo cual haría recordar el viejo refrán: “ten cuidado con lo que deseas…”. Xóchitl fue la candidata de corte populista que la oposición encontró para competir en la arena; una versión carismática capaz de enfrentarse a López Obrador. Pero eso que la convierte en buena candidata y la lleva a firmar con sangre, disfrazarse de dinosaurio o convertir los debates en pleito de descalificaciones, no la perfila como una opción confiable en términos presidenciales. No para los mercados. Menos aún sabiendo que detrás de ella estaría el maridaje forzado de las actuales dirigencias del PRI y PAN, y la dificultad de ofrecer una propuesta razonable para gobernar.

Y esto es así, entre otras cosas, porque los mercados nacionales e internacionales no viven ni penan por las declaraciones de la mañanera, como lo hacen los medios que consumimos, sino por las variables macro y las políticas económicas. Y esa es la otra paradoja de la 4T. El Presidente impulsó una estrategia esencialmente conservadora: combate a la inflación, responsabilidad en las finanzas públicas, achicamiento del Estado, endeudamiento controlado (salvo el último año). Ninguno de los rasgos que caracterizan al populismo, salvo por la derrama social y el estilo beligerante de su discurso. Pero ojo, ambos fueron consustanciales para reproducir continuamente el vínculo entre el gobernante y las masas. Junto a las medidas sociales, ello explica la estabilidad social conseguida, pese a todo.

La de Claudia es la apuesta por una 4T con menos micrófono y más Excel. Quizá la última posibilidad que tiene el sistema político mexicano para intentar una fórmula que busque conciliar nuestra enorme desigualdad con una apuesta razonablemente legítima para las masas y un manejo responsable de la administración pública.

La primera versión de la 4T representó un asalto improbable al poder de parte de un opositor bragado y muy peculiar, cuyo principal mérito fue impulsar un necesario cambio de timón. Ejerció un hábil liderazgo político para darle una oportunidad a su proyecto, con las herramientas, fobias y filias que desarrolló a lo largo de su vida. Claudia Sheinbaum, a diferencia del tabasqueño, no creció en la oposición sino en la administración pública y en la academia científica. Allí está su experiencia en Ciudad de México, una metrópoli siempre prendida con alfileres, pero que hoy en día es buscada por decenas de miles de extranjeros del llamado primer mundo por su calidad de vida. Tampoco ellos ven mañaneras ni leen periódicos; simplemente disfrutan el momento que vive la ciudad. Claudia es la mejor versión que pueda tener el sector público del país en términos de dos ingredientes hoy imprescindibles:  la necesaria mezcla de legitimidad política frente a las masas y la capacidad técnica para bregar ante los retos que afronta el gobierno del país.


  • Jorge Zepeda Patterson
  • Escritor y Periodista, Columnista en Milenio Diario todos los martes y jueves con "Pensándolo bien" / Autor de Amos de Mexico, Los Corruptores, Milena, Muerte Contrarreloj
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