Tres meses de turbulencias y sus consecuencias

Ciudad de México /
ALFREDO SAN JUAN

No, Claudia no va a desafiar a Andrés Manuel López Obrador, como anuncian muchos, con la esperanza de que eso les reponga seis años de frustración y una derrota. La reforma judicial no será para Sheinbaum lo que fue la cancelación del Aeropuerto de Texcoco para el tabasqueño, es decir, la confrontación de inicio que marcaría el tono de sus relaciones con el establishment en el primer tramo del sexenio. 

Y no será así porque es un error extraer las claves de la próxima administración a partir de lo que está sucediendo en estos tres meses de transición. Se trata de un momento inédito en la historia política del país y justo por ello es que tendríamos que analizarlo sin las cargas emocionales de las fobias políticas. El fenómeno López Obrador fue incomprendido por la oposición y la comentocracia durante seis años y en el pecado llevaron varias penitencias, entre ellas el desplome electoral que no vieron venir. Mal harían si otra vez, llevados por sus deseos o por una suerte de revancha o de pretendida “justicia divina”, asumen que lo que vaya a ser de Claudia Sheinbaum en Palacio queda definido por lo que estamos viendo.

¿Qué estamos viendo? Un Presidente con enorme poder que, aparentemente, está decidido a ejercerlo hasta el último momento y una presidenta electa urgida de enviar señales conciliadoras a la sociedad mexicana, pero no a costa de desafiar al líder del movimiento. También ambos están viviendo una experiencia inédita, sin reglas definidas. Comparten banderas y objetivos, pero claramente es distinto el enfoque para conseguirlos. No solo porque sus atributos personales son muy contrastados, también porque mucho ha cambiado entre 2018 y 2024.

Pero Claudia no va a desafiar al Presidente en lo que resta del sexenio. López Obrador no es un mandatario más, sino el fundador y líder indiscutible del movimiento que ha tomado el control político del país. La presidenta electa puede no coincidir con la crispación innecesaria que producen declaraciones de la mañanera, pero no va a escatimarle el derecho de gobernar hasta el último instante de acuerdo a su estilo e idiosincrasia. Después de todo es un derecho ganado, entre otras razones, porque en gran medida eso explica el triunfo de ella en las elecciones.

Y tampoco debe perderse de vista que el llamado plan C pudo haber sido infinitamente más desgastante si el Presidente hubiese insistido en enviar las más de veinte iniciativas que están en espera de la mayoría constitucional.

La semana pasada Claudia salió de su comida con López Obrador con un logro que no se ha percibido cabalmente: que solo fueran cinco las reformas a discutir en septiembre y que tres de ellas fueran en realidad estrictamente de su iniciativa. No están las de la Guardia Nacional y su adscripción al Ejército, la reforma energética, la reforma política o la supresión de los organismos autónomos. Todas ellas serán abordadas en el próximo sexenio y podrán ser retomadas o negociadas en los términos que convengan a su administración. En ese sentido, el Presidente, a su manera, también asumió la cortesía de la transición. Pero eso sí, la reforma judicial no era negociable. O para ser precisos, el tema de la elección de los ministros de la Corte no era negociable. Punto.

Así lo ha entendido Sheinbaum e intentará que eso suceda con la menor polvareda posible, particularmente por lo que toca a los mercados financieros y económicos. De allí los muchos mensajes conciliadores en esa dirección. El anuncio de una consulta abierta a la comunidad del sector jurídico del país y un referéndum a mar abierto entre la población intenta contrarrestar la noción de que la nueva mayoría se traducirá en un gobierno autoritario. Quizá no consiga del todo (o en absoluto) modificar esa percepción ahora, pero la actitud no pasará inadvertida para la opinión pública nacional e internacional. El temprano nombramiento de su gabinete persigue una eficiente entrega de estafetas y tres meses de trabajo pleno, pero también apaciguar los nerviosismos en el ambiente.

Son esfuerzos que se agradecen, pero en última instancia Sheinbaum sabe que sí hay que pagar un precio en términos de cotización del peso o sacudidas en la bolsa, ni hablar. Habrá tiempo para restablecer confianzas. Si las muestras de disposición al diálogo estos tres meses ayudan a menguar las molestias y la incertidumbre, será ganancia. En ese sentido, ayudaría en mucho que, como resultado de las consultas con abogados y jueces, el proyecto original tuviese algunos ajustes en los otros temas. Algo que le permita cumplir con el propósito del Presidente y, al mismo tiempo, dar muestras de que en varios otros puntos hubo disposición al diálogo.

Pero insisto, las tormentas que puedan generarse en estos tres meses no deben sacarse de contexto. Nada que no pueda revertirse durante el primer tramo de la próxima administración. La elección de los ministros se realiza en este momento a partir de propuestas del Presidente, avaladas por las mayorías en el Poder Legislativo; tampoco es que pinte mucho el Poder Judicial. Lo que ahora se propone es que sean elegidos por los votantes a partir de propuestas de los tres poderes. Los ministros resultantes no serán ocurrencia de la calle, sino de las listas elaboradas por jueces, legisladores y Palacio. Bien mirado, en sí mismo no está en el contenido de la ley un talante autoritario, sino en la manera de aprobarlo en fast track y sin apelaciones. Incluso si no es posible modificar algunos de los otros aspectos de la iniciativa este septiembre, a la postre será decisiva la puesta en común para esas listas y, sobre todo, las muchas leyes secundarias que necesitará la nueva reforma. Allí es donde la nueva administración podrá despejar dudas y mostrar su verdadera naturaleza.

Puede anticiparse que, una vez en control del tablero de mandos de Palacio Nacional, las actitudes de responsabilidad y mesura que hasta ahora ha mostrado Sheinbaum, constituirán un factor de alivio para muchos sectores. Para bien o para mal, la salida misma de López Obrador disipará gran parte de los temores. Los discursos de Claudia tras la victoria el 2 de junio anticipan lo que habrá de ser su planteamiento inicial: una convocatoria para dejar atrás la confrontación. Hay una buena oportunidad de que los verdaderos protagonistas de la escena económica y política se encuentren a medio camino entre sus respectivas agendas: sacar de la pobreza a las grandes mayorías, por un lado, y construir un ambiente favorable para el crecimiento, por el otro. Creo que, por encima de todas las incertidumbres, los poderes fácticos darán a la nueva administración el beneficio de la duda. Mientras tanto, viviremos tres meses interesantes, pero no más que eso.


  • Jorge Zepeda Patterson
  • Escritor y Periodista, Columnista en Milenio Diario todos los martes y jueves con "Pensándolo bien" / Autor de Amos de Mexico, Los Corruptores, Milena, Muerte Contrarreloj
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