El ejercicio de la protesta no es una novedad. Tan sólo en los últimos años, en la capital del Estado, hemos observado manifestaciones de familiares de víctimas de desaparición, de organizaciones sindicales, de movimientos sociales y hasta de gremios profesionales. Todas pueden tener fines diversos que van desde la visibilidad, la presencia, la exigencia de justicia o la defensa de derechos. Muchas veces la conversación pública se concentra en los efectos visibles de la protesta: las afectaciones al tránsito, los retrasos en horarios y las vialidades cerradas. Aquí es entendible que la irrupción en la rutina genera tensiones. Pero rara vez nos detenemos a pensar en las razones que llevaron a las personas a considerar que esa era la única o la mejor forma de expresar sus demandas. Detrás de cada movilización hay un sector de la sociedad que necesita poner en el espacio público los problemas que requieren atención de la sociedad.
Una ciudadanía que protesta es también una ciudadanía que sigue creyendo que vale la pena exigir, participar y demandar respuestas. Quien se moviliza no necesariamente está rechazando la vía institucional, quizá ya la agotó.
La protesta social no debería interpretarse automáticamente como una amenaza a la autoridad sino como una de las formas mediante las cuales la ciudadanía participa. Así la democracia se fortalece cuando sus instituciones son capaces de distinguir entre una alteración del orden público y el ejercicio legítimo de derechos.
La calidad democrática de una sociedad no depende únicamente de su capacidad para mantener el orden. La escuchar resulta igual de importante para gobernar.
Escuchar no significa estar de acuerdo con todo, tampoco implica renunciar a las diferencias. Significa reconocer que detrás de cada demanda existe una experiencia humana que merece atención, especialmente cuando está relacionada con derechos, seguridad, salud, justicia o dignidad. Y quizá una de las preguntas más importantes de nuestro tiempo sea si estamos construyendo instituciones cada vez más preparadas para escuchar el conflicto o acostumbradas a responder a él únicamente desde la contención.