Catarata

¿Acaso les conviene a todos?

Luis Petersen Farah

Un poco de jaloneo y, después, como si nada. La oposición en el Senado se quedó demasiado tranquila. Tras el escándalo por la elección de la nueva presidenta de la CNDH, uno esperaría que los senadores de las minorías pusieran freno a toda su actividad hasta no resolver tan grave asunto.

Ya no digo una huelga de hambre, caramba: al menos un plantón, un recordatorio, un vacío o un silbido cada vez que los responsables tomen la tribuna o digan pío... Algo de heroísmo light.

Eso si es que realmente hubo trampa, digo. Porque uno está acabando por creer que no fue así y que solo les falló uno de los muchos acuerdos que se toman desde siempre en lo alto de la Cámara alta, aprovechando las mañas que la votación secreta hace posible: que si firmas la boleta, que si le pones un numerito, qué se yo, hasta la podrías perfumar con tal de asegurar que tu voto vaya en el sentido acordado, que al cabo nadie más se va a enterar.

Realmente es difícil para un ciudadano entender esta suerte de borrón y cuenta nueva. Reconozco que el PAN acabó por no reconocer el nombramiento de Rosario Piedra y que, según lo expresado por su dirigente, preferirá en adelante atenerse a las comisiones estatales.

Pero el punto está en el Senado. En la forma de sacar adelante, sí o sí, una decisión. O en la forma de aceptar, por parte de los grupos de oposición, una trampa o una componenda justo donde no debería haber ninguna. ¿Tanto valen sus dichosos acuerdos como para compensar lo que pasó?

El jueves, el grupo parlamentario panista, en voz del regiomontano Víctor Fuentes, propuso que todas las elecciones en el Senado fueran transparentes para la población con el uso obligatorio del tablero electrónico, especialmente en nombramientos.

Lo más interesante vendrá al saber quién le tomará la palabra, aún dentro de su propio partido. En la presentación de su iniciativa, Fuentes planteaba: “hay que evitar estas situaciones; usando el tablero electrónico no tendríamos problemas de conteo, no se perderían los votos, nadie podría depositar dos boletas simultáneamente, nadie podría votar con una papeleta en blanco, ni con un sobre en blanco. No se podría hacer trampa”.

Lo importante, les dijo a los senadores, es tener “la capacidad de hablar con la verdad. No tiene por qué incomodarnos... El voto del legislador debe ser transparente, con eso informa puntualmente su actuar a la población que representa”.

Hay que ver a dónde llega esta única denuncia formal. Está claro que un Poder Legislativo se termina destruyendo a sí mismo si no defiende con fuerza ese soporte básico que es la toma de decisiones en común con procedimientos impecables. Y está claro que eso se llevaría entre las patas la vida democrática entera.

A nadie le va a importar defender las ya desgastadas instituciones de la democracia si no son el espacio para preservar las mejores decisiones para la gente. Y a estas alturas ya estamos lejos de ese propósito: ya nadie los quiere.

También por tibieza se pueden mandar al diablo las instituciones. Y no se diga por colusión. ¿Es tan difícil instrumentar medidas de transparencia en el quehacer cotidiano del Senado? Si no es así, que nadie se queje entonces de los desfiguros que vendrán. 


luis.petersen@milenio.com


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